¿Cómo
consigue esa apariencia de frialdad total y absoluta?, me pregunté inclinándome
sobre el bol de palomitas que tenía en el regazo.

Estaba
viendo El sueño eterno, entusiasmada
ante la magia del cine en blanco y negro. Literalmente. Pues, como mujer que
soy, me fijé en que ese color-o más bien su ausencia- favorece muchísimo al
rostro femenino. Difumina los contornos y con ello, los defectos de la piel. También
ensalza los secretos de las miradas de esas divas que siguen intactas en sus
pedestales.

Amante,
como también soy, del género negro y admiradora de las mujeres que lo nutren,
me propuse ser Lauren Bacall por una tarde. De modo que removí mi armario de arriba
abajo hasta encontrar  el ansiado vestido
en el cual embutiría mi cuerpo. No soy un palo, como la Bacall, pero sí
delgada. Aunque lo que yo quería era simular ese aire de mujer fatal, de
poderío; de mujer única.

Bajé
al bar de la esquina, donde tomo mi cortado matutino y, cuando Francisco -Kiko-
me vio entrar por la puerta toda tiesa en mi elegante vestido ajustado, me
saludó con un «ei, ¿tortícolis?» que por poco me hace perder un tacón bajo el
taburete del señor Manuel, el de los carajillos.

Tomé
asiento y recordé la mirada de soslayo de la Bacall, esa que parece que te esté
diciendo «aparta o te piso, tú mismo». Kiko me observó con una ceja levantada y
preguntó «¿el cortadito de siempre?». Me dije que no, que un cortado era algo
poco sofisticado, de modo que pedí «un café expreso con una nube de leche» y
bajé la mirada hacia mis tacones maldiciendo no tener un cigarro para encender
y llenar toda la pantalla de ese humo blanco tan misterioso que aporta glamour.
Ay, me dije, dichosa ley antitabaco.

Kiko
chasqueó la lengua y soltó un «pues eso…, un cortado» mientras se alejaba hacia
la barra. Suspiré y coloqué una pierna sobre la otra, la espalda bien tiesa,
porque nunca he visto a ninguna femme
fatale
con joroba. Estiré bien toda mi espina dorsal hasta que una vértebra
hizo un crec que me dejó sin aliento
y me di cuenta de que no podía encoger la columna. Kiko trajo mi cortado,
perdón, mi café expreso con una nube de leche, y yo modulé -por lo menos eso
intenté- la eterna sonrisa de la diva, a medio camino entre la ironía y el
desdén. Solo que, con el leñazo que la vértebra me acababa de dar, me salió
algo así como un rictus de loca histriónica que provocó que Kiko achicara los
ojos, tragara saliva y se marchara sin decir palabra.

Por
la puerta del bar apareció un hombre joven vestido con ropa deportiva, pero yo
me lo imaginé con traje, corbata y un sombrero ladeado, a lo gánster del más
puro estilo hard-boiled. Sirviéndome
una vez más de la diva, recordé que es cuando baja la guardia que aparece ese
gesto tan anhelado por el espectador, aquel que permite ver que no es tan dura,
que tiene un mundo de emociones que hierven bajo esa superficie de cristal. Una
grieta en su cuerpo de hielo. Vi que el hombre me miraba y yo incliné el
rostro, aleteando lentamente las pestañas mientras giraba mi cabeza hacia él…
hasta que otro crec me dejó helada.
Un tirón en las cervicales, ¡dichoso trabajo de administrativa ante el
ordenador!

Aguantando
el dolor, le dediqué una mirada al chico, digo, al gánster, que lo asustó. Tal
vez era de los que prefieren a las chicas buenas. En todo caso, salió del bar
como si tuviera prisa. Yo acomodé el tronco a mi nueva posición del cuello y
procuré tomarme el café con inusitada elegancia. El dolor nunca debe permitir
que el glamur desaparezca. Kiko secaba un vaso con un trapo, detrás de la
barra, y me miraba como si mi presencia le suscitara incontables pensamientos.
Eso quería yo, que me viera como una mujer fatal, fría y vanidosa en mi cumbre
de hielo.

Acabé
la bebida y, a la vista de que no aparecería ningún Humphrey Bogart en lo que
quedaba de tarde, me las ingenié para levantarme de la silla y dirigirme hacia
la salida. Lo tuve que hacer de lado, el cuerpo hacia delante y el cuello hacia
atrás, dada mi penosa situación muscular. De modo que, cuando alcancé la
puerta, una señora mayor se me quedó mirando y espetó un «a ver, ¿sales o
entras?, porque no me aclaro». Suspiré y regresé a casa hecha un cisco. Me metí
en la cama preparada para dejarme acariciar por un sueño eterno que me hiciera
olvidar las dichosas ganas de ser una diva. Y recordé, con un suspiro, que el
hielo, pese a su dureza, no deja de ser simple agua fría.

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