El espejo de Ricardo Zamorano (2018) por Enrique de la Cruz

Por Enrique de la Cruz (@navegante_no)

No puedo decir que el 2019 haya sido un gran año de lectura para mí, al menos en cuanto a cantidad. Sí puedo hablar de buenas dosis de calidad, como Noches azules, de Joan Didion o el pequeño cuento del Joel Dicker titulado El tigre. También he hablado en este blog de otras más o menos provechosas lecturas, como La verdad sobre el caso Savolta de Eduardo Mendoza o Los asquerosos, de Santiago Lorenzo. Entre los títulos menos conocidos para el gran público, he reseñado este año Volver, de Alejandro Moreno Sánchez y La gran mentira, de Marc Barrio. Dos obras de calidad de dos autores a los que auguro una fructífera carrera.

Para acabar el año, y entrar en el siguiente, he decidido probar Kindleunlimited. Ante mí se ha abierto un abanico inmenso de obras y autores noveles a los que conocer. El primer título por el que me decidí (no fue fácil, por la cantidad y el atractivo de muchos títulos y autores) fue El Espejo, de Ricardo Zamorano.

Al principio, me recordó a La carretera, de Cormac McCarthy, pero luego descubrí que este joven escritor (Madrid, 1993) ha creado una novela corta pero densa, no solo por la atmósfera, que recrea con gran acierto. La densidad de esta novela radica, en mi opinión, en los detalles. El énfasis que le da al olor durante toda la historia, por ejemplo, es una muestra de esa atmósfera viciada postapocalíptica en la que se tiene que desenvolver Ayna, nuestro protagonista.

Ayna es un niño de nueve años que se ve obligado a sobrevivir en un mundo que se ha puesto muy feo. La muerte de sus padres, como la de tantos humanos, ha hecho que el proceso hasta alcanzar su madurez se acelere.

La supervivencia es, en principio, el único objetivo de nuestro héroe, que, visto como personificación de la Humanidad, se ve obligado a comenzar a buscar algo más que la simple idea de supervivencia: debe crecer. 

En este periplo, Ayna se topa con la Fe, representada por un cura moribundo que, curiosamente confiesa haberla perdido. Es una forma de desprenderse de Dios en ese camino. La Humanidad se desprende de sus creencias más arraigadas para renacer, quizás.

En su viaje, Ayna también conocerá a otros humanos, personas que le harán enfrentarse a una dura prueba de la que no puedo dar detalles. Esta y otras aventuras harán que Ayna deje atrás de manera precipitada al niño que era.

Siguiendo con el simbolismo, hay que destacar la función del espejo. Un elemento clave, como se puede deducir por el título. Yo he llegado a ver este símbolo como una referencia a la compañía que Ayna necesita, a la necesidad de una sociedad en la que reflejarnos. También he pensado que podría ser una representación del alma, un intento de comunión con su «yo» interno.

Estas elucubraciones (que me gustaría contrastar con el autor), de mi cosecha particular, quizás no sean más que exageradas conjeturas, pero son las que han surgido de esta lectura y, según yo lo veo, solo con el hecho de que una obra literaria haga reflexionar al lector ya se puede decir que ha merecido la pena. Para mí, es redundante decirlo, ha merecido la pena.

Por último, y para rematar, quiero reseñar la pulcritud en la edición y el trabajo de corrección que hay detrás de la novela, reflejado en ¡cero erratas! Un punto más para Ricardo Zamorano, un autor al que hay que seguir.

 

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