El exvoto – Fernando Freire
«Una antigua tradición marinera. Aventura en alta mar».

Un barco en alta mar para recrear el relato de Fernando Freire, El exvoto, una antigua tradicción marinera.
Photo by Diego Catto on Unsplash


Tengo que admitir que
podría considerarme una persona feliz. La razón se la debo, sin duda, a mi
trabajo: el periodismo. Siempre he soñado con esta carrera. Lo cierto es que
hay un factor más en cuenta en la ecuación. No solo me dedico a mi trabajo
soñado, sino que lo hago de la forma que siempre lo había deseado. Del
periodismo siempre me atrajo el viaje, el descubrimiento de pistas que te
llevan a conocer una historia, a desplazarte a lugares que de otra forma nunca
habrías ido, puede que incluso no haber oído hablar nunca de ellos.
   La revista en la que trabajaba por las
fechas—agosto de 1921— en las que tuvo lugar la historia que me dispongo a
relatar, siempre había confiado en mí a la hora de buscar una buena historia.
Disfrutaba de una libertad más amplia que el resto de mis compañeros y, debo
añadir, rara vez defraudaba tales expectativas. Un buen día, mi olfato o mi
sentido de la aventura —puede que una mezcla de las dos— me condujo por
tortuosos caminos hasta la costa norte del país, a un pequeño municipio de
pescadores. Se trataba de un apacible pueblo donde todo el mundo se conocía y
se saludaba cortésmente por la calle, parándose a charlar un rato, sin
preocuparse por el transcurrir del reloj. Un lugar como podría imaginarse cualquiera
a la hora de idealizar un paraíso terrenal, sin estrés ni preocupaciones. Mi
parte racional creía que, en ese lugar, salvo un agradable alto en el camino,
poco más podría hacer. No me parecía el mejor escenario para encontrar una
historia que pudiese impactar o sorprender a los lectores de la revista en la
que trabajaba. A pesar de esta corazonada, paré con la intención de hacer lo
que había hecho en otros lugares, cuando salía a la caza de ningún hecho en
concreto; dar una pequeña vuelta y que fuese el destino o la suerte las que
mostrasen sus cartas.

El pueblo era muy
agradable. La gente me observaba curiosa, preguntándose quién podría ser aquel
curioso forastero y que le había traído a un lugar tan tranquilo. Me presenté a
algunas personas, hablé con ellas un buen rato, e incluso algunos llegaron a
invitarme a comer con ellos. Eran personas muy afables y acogedoras, tranquilas
y modestas que vivían una idílica existencia. Cuando ya había descansado lo
suficiente y estaba seguro de que allí no encontraría lo que buscaba, estaba
decidido a irme, hasta que observé algo que me retuvo un poco más en el lugar.
Delante de mí, entre los huecos de las casas que formaban el pueblo y que me
permitía observar sus límites, se dibujó en lo alto de una pequeña islita cerca
de la costa, una modesta iglesia a la que se accedía por un estrecho y arcaico
puente de piedra.
   Me encaminé hacia ella con paso lento,
observando bien las impresionantes vistas. La iglesia, pequeña y de estilo
románico, se alzaba sobre una plaza de piedra construida, a su vez, en el pico
de un pequeño islote rocoso en el que se oía el constante batir de las olas a
sus pies. El paseo por el puente de piedra fue rápido, no era muy largo y el
viento era intenso y molesto. Una vez llegado a la pequeña plaza y situado
frente a la puerta principal, noté que estaba abierta y una tenue luz emanaba
desde su interior. Me acerqué muy despacio, para no molestar a la gente que
allí pudiese encontrarse. Para mi sorpresa, no había nadie. A paso lento, me
dirigí al altar, la zona mejor iluminada por las velas. En ese momento me di
cuenta de un detalle que despertó mi curiosidad. En el altar, y desperdigados
por el interior de la iglesia, no solo había imágenes de santos, también un
montón de prendas y cuadros con motivos marineros y, sobre todo, pequeñas
maquetas de innumerables embarcaciones de todo tipo y épocas. De entre todas
ellas había una que llamaba la atención, por su tamaño y preciosidad. Se
trataba de un denominado «navío de dos puentes», el típico barco de guerra del
siglo XVIII que todos tenemos en mente. La parte del casco que penetraba en el
agua, estaba totalmente forrado de planchas de cobre. Sus líneas eran suaves y
muy elegantes, y en la popa, una hilera de ventanales curvos y elegantes, le daban
un toque de palacio flotante. Sus mástiles, se erguían majestuosos hacia el
techo de la iglesia, sin velas, pero con todos los aparejos que eran necesarios
para que todo funcionase perfectamente. En la proa, un precioso león rampante
coronado, nacía delante, bajo el bauprés. Bajé la vista hacia la peana que
sujetaba en su lugar a la preciosa maqueta, en ella pude leer un nombre: San
Telmo. Me encontraba contando el número de cañones que tenía la maqueta en su
lado de babor, dando casi un total de setenta cañones sumando ambos costados,
cuando un leve carraspeo a mi espalda me despertó de tal ensimismamiento. Hasta
ese momento, no había reparado en la persona que se encontraba en la iglesia
conmigo. Se trataba de un hombre mayor sentado en uno de los largos bancos que
se encontraban a lo largo de la galería, de cara al altar. El poco pelo que le
quedaba, estaba compuesto por canas. Su rostro presentaba una tez muy bronceada
y roja, pero a pesar de su escasa estatura, mostraba un torso hercúleo.
Fijándome en sus manos, pude aventurar que era, o fue, un marinero, pues tenía
las palmas de las manos llenas de callos y sus dedos se mantenían
constantemente semicerrados, como sujetando un cabo invisible, fruto de toda
una vida trabajando en el mar. El curioso hombre me miraba sin quitarme los
ojos de encima, ojos que denotaban haber visto cosas increíbles y latitudes
distantes.
   —¿Te gusta verdad? Es impresionante, hay que
reconocerlo.
   —Sí, lo es. No cabe la menor duda— me
apresuré a contestar, pues me daba cierto reparo admitir que hasta ahora no
había notado que se encontraba allí.
   —Está mal que yo lo diga, pero fue un gran
trabajo, sí señor. Fueron casi dos años, tras mi retiro de la marina mercante.
   —¿Entonces, usted hizo esa impresionante
maqueta? — le pregunté a aquel extraño hombre, mientras me acercaba impaciente
hacia el largo banco donde se encontraba sentado.
   —Así es, muchacho. Todo se debe a lo
ocurrido durante mi último viaje en la marina mercante, que me llevó, nada más
comenzar mi retiro, a construir la maqueta y dejarla aquí. Fue mi particular «exvoto»
y mi forma de presentar respetos por las casi seiscientas cuarenta personas que
viajaban a bordo del San Telmo —dijo el hombre, señalando con un dedo la
fascinante maqueta— y que perdieron la vida sin saberse nada de ellos, tras
perder el gobierno del buque en plenas aguas del Cabo de Hornos.
   —¿Quiere decir que usted conoce la historia
de ese barco? ¿Estaría usted dispuesto a contármela, por favor?
   Esta petición pareció encantar al viejo
marinero, que esbozó una gran sonrisa e hizo un curioso gesto con la cabeza que
parecía afirmar que me la contaría toda.
   —¡Bueno!… Tengo que admitir que acabo de
mentirte, muchacho. Te he dicho que nadie supo que ocurrió con los casi
seiscientos cuarenta hombres que iban a bordo. En realidad, más tarde, se cree
que llegaron a las costas de la Antártida, siendo los primeros hombres en pisar
dicho continente, donde por desgracia, no pudieron reparar las averías en el
San Telmo y allí murieron. Esa, muchacho, fue el final de la tripulación y los
hombres que hasta esa tierra consiguieron llegar, pero no fue el final de la
singladura del propio San Telmo —al pronunciar estas últimas palabras, el viejo
marinero frunció el ceño y su voz se hizo más grave y seria, preparándome
también para el testimonio que estaba a punto de relatar—, dado que mis
compañeros de tripulación y yo, en mi última singladura, pudimos ver lo que
había sido del él.
No pude sino dar un
brinco y alejarme repentinamente del banco desde el que hablaba el marinero.
Sin reparos, le dije a aquel hombre:
   —Me toma el pelo buen hombre. Se ríe de mí
porque sabe que soy una persona de tierra adentro, desconocedor completo de los
asuntos náuticos, lo admito. Lo que dice es imposible. ¿Ese barco hace cuantos
siglos fue construido? ¿En el siglo XVIII o principios del XIX como muy tarde?
¿Y usted me dice que pudo ver sus restos? Eso es imposible, la madera con la
que estaba construido tuvo que haberse podrido mucho antes de que usted pudiese
verlo abandonado en la Antártida, hombre.
   El viejo marinero, lejos de ofenderse o
enfadarse, parecía que mi suposición le divertía mucho, a juzgar por su
sonrisa.
   —Está bien muchacho, si quieres te lo
explicaré —dijo, señalando con la palma de su mano que me sentara a su lado en
el banco—. Luego podrás sacar tus propias conclusiones.
   —De acuerdo. ¿Le importa si cojo apuntes
mientras tanto? —le pregunté mientras me sentaba a su lado y sacaba del
bolsillo de mi gabardina un pequeño cuaderno donde apuntaba mis impresiones—.
Estoy deseando que comience.
   —Bien. Le aseguro que lo que le voy a contar
a continuación es la pura verdad, por muy raro que parezca. Vamos allá…
El viejo marinero
comenzó a contar su historia, mientras yo cogía apuntes. Una sensación de
satisfacción me invadió nada más comenzar a escribir. Algo me decía que mi
suerte o instinto habían vuelto a ser certeros y que estaba a punto de
constatar por escrito una gran historia.
   A continuación, dejaré por escrito la
historia del viejo marinero tal como él me la contó, palabra por palabra.
*
>>Por aquel
entonces, la compañía en la que servía como marino, todavía operaba con los
denominados “Clíper”. Se trataban de mercantes a vela, pero de gran rapidez y
capacidad de carga. Daba gusto navegar en ellos ¡Sí señor!
>> ¡Pues bien! El
“Clíper” en el que navegaba era especialmente rápido. Constaba de tres mástiles
y un precioso aparejo de fragata. Se encargaba del comercio con Sudamérica y se
llamaba Estrella del Oeste. Recuerdo bien que aquel año, los vientos
predominantes a los que tendríamos que enfrentarnos a la hora de bordear el
afamado Cabo de Hornos eran especialmente contrarios, por lo que tardamos
bastante tiempo en decidirnos a intentar bordear ese inhóspito confín del
mundo.
>>Pasamos buena
parte del tiempo que teníamos previsto para la travesía —muy a pesar de los
deseos del capitán y de la compañía— preparando la peligrosa ruta en el puerto
de Buenos Aires. El trabajo había sido extenuante y estábamos contentos de
poder partir. Nuestra singladura no fue menos ardua. A medida que descendíamos
en latitud, el viento aumentaba de intensidad, el frío se volvía extremo y el
agotamiento hacía mella en la tripulación. Una vez dejada por la aleta de
estribor la Bahía Grande, frente a la entrada del también conocido Estrecho de
Magallanes, nos dimos cuenta de que, si bien doblar el cabo no iba a ser
imposible, sí que sería tarea “casi” imposible. Navegábamos a duras penas
luchando con el viento, tratando de mantener el rumbo paralelamente a la Costa
del Fuego. Constantemente mis compañeros y yo, teníamos que trepar por los
duros y resbaladizos obenques con la intención de reajustar alguna vela o una
cuña en la cofa que hacía peligrar la integridad de los masteleros. Los
marineros más veteranos que navegaban en aquella singladura, no recordaban
haber visto jamás en tal estado las aguas por las que ahora navegábamos. Teníamos
un profundo “respeto” por lo que podríamos encontrarnos más a sur. ¡Ahhh…,
muchacho! El día en que vimos aparecer por la amura de estribor el cabo San
Diego, no sabía si mis compañeros y yo estábamos contentos o temerosos de
doblarlo. Al fin y al cabo, era nuestra ruta, de modo que así lo hicimos,
comenzando a navegar por el estrecho de la Maire. A medida que nos acercábamos
a las islas Wollaston —donde se encuentra el Cabo de Hornos— el tiempo
empeoraba alarmantemente. Si el oleaje que dejábamos a popa nos había
impresionado, a nosotros, curtidos marineros, el que encontramos en aquella
zona nos dejó desolados. Muros de espuma y azul oscuro, nos hacían descender y
ascender de forma desenfrenada. La cubierta, siempre inclinada, dispuesta como
un gran tobogán, apuntaba al cielo, como si nos fuese a trasportar hasta las
nubes. Otras, apuntaba hacia los senos de las monstruosas olas que nos mecían
salvajemente, amenazándonos con el abismo. Algunas olas, pasaba por encima de
nuestra embarcación soterrándola totalmente en el mar, permitiendo únicamente
emerger en todo momento a los altos mástiles, con las pocas velas desplegadas
con las que podíamos navegar aferradas hasta con el último rizo. Los hombres
que en ese momento no estaban de servicio en la guardia, o los que sí lo
estaban, pero no eran necesarios en cubierta en ese instante, se agrupaban bajo
cubierta agarrados a todo lo que estuviese clavado al barco o formase parte de
su estructura. En cambio, los hombres que sí debíamos permanecer en cubierta,
no lo pasábamos mucho mejor. Dispusimos andariveles de proa a popa para poder
tener algo a lo que sujetarnos si debíamos movernos a lo largo de la cubierta
para trabajar en los cabilleros o en cualquier otra tarea. Nos aferrábamos a
aquellas maromas con una esperanza y unas fuerzas inusitadas —dado que nuestra
vida dependía literalmente de ello—, paso a paso, con la cabeza agachada bajo
la capucha de nuestros trajes de aguas, para protegernos de la fuerza con la
que el viento y la lluvia nos golpeaba la cara. ¡Eso no era lo peor muchacho!
Lo que hacía temblar a un marinero en esos momentos, era el hecho de saber que
tendría que escalar por los obenques hacia las zonas de los mástiles, sacudidos
por bandazos repentinos, un constante vaivén y un viento huracanado. Los
marineros que debíamos realizar tan aterradora tarea, procurábamos no pensar en
lo increíblemente sencillo que sería, en esas condiciones, terminar estampado y
esparramado contra la cubierta como un huevo, o caer al mar y desaparecer entre
una vorágine de agua ennegrecida y blanca espuma. Ascendíamos poco a poco,
esperando que el barco se inclinase hacia la banda contraria por la que
subíamos para evitar que la fuerza de la gravedad tirase de nosotros hacia
abajo a la hora de cambiar las manos o los pies de posición, bajo el continuo
viento y la lluvia que no ayudaban en la tarea. Si desplazarse por la cubierta
en esas condiciones era tarea complicada, imagínate lo que sería enfrentarse a
aquellos congelados obenques, muchacho. Subíamos por inercia, a tientas, sin
poder ver nada. Alcanzar con la mano, por encima de nuestras cabezas, la
robusta cofa, era como tocar la salvación materializada en un infierno pasado
por agua. Sin embargo, una vez llegábamos a esa plataforma, el peligro no había
terminado. Los marineros que debíamos subir hasta ese lugar, no lo hacíamos
para pasar el tiempo. La mayoría de los encargados de subir por los mástiles,
lo hacíamos para trabajar en el velamen desde las vergas. Comenzaba entonces
una andanza todavía más peligrosa que la anterior. Sujetándonos en los
marchapiés —los cabos situados debajo de la verga, en los que los marineros,
efectivamente, colocan los pies mientras se afanan en arriar o izar la vela—,
nos deslizábamos apoyando el peso de nuestro cuerpo en la verga, a la altura de
la barriga, mientras muy despacio y desplazándonos de lado, un grupo de
marineros nos colocábamos en nuestras posiciones, repartidos a lo largo de la
verga para trabajar en la vela o los cabos que fuese menester. Todo esto, por
supuesto, controlando en todo momento el equilibrio para no terminar en las
mismas condiciones en las que podíamos acabar a la hora de subir por los
obenques. ¡Dios mío, muchacho!… ¡Qué horror! Fue así como perdimos a dos
compañeros. Uno cayó desde la verga de la gavia mayor. En un bandazo del barco,
fue a empotrarse directamente en la cubierta, provocando un terrible estruendo.
Antes de que pudiésemos reaccionar, una ola que barrió la cubierta empujó el
cuerpo al mar, haciendo que pasara sin ningún problema, en un abrir y cerrar de
ojos, por encima de la tapa de regala. Lo cierto es que nunca llegamos a saber
si todavía estaba vivo cuando la ola lo arrastró por la borda. El segundo
compañero, cayó desde la verga del trinquete. Solo nos dio tiempo a ver cómo
caía y desaparecía en el remolino de blanca espuma que producía la proa de
nuestro barco contra el brutal oleaje. En estas condiciones, y dado que
llevábamos cerca de una semana en tales circunstancias, el capitán tomó la
decisión de que no podríamos doblar el cabo por ese punto, debíamos desviarnos
de la tormenta. Pero… ¿Hacia dónde ir? No podíamos dar media vuelta, la
climatología no nos lo permitía. En tales circunstancias tampoco podíamos
acercarnos a la costa, era un suicidio. ¿Qué hacer entonces? El capitán decidió
que nos desviaríamos más al sur para poder entrar, por fin, en el Océano
Pacífico.
>>En menos de
cuatro días ya nos habíamos alejado de la tormenta lo suficiente como para
respirar más tranquilos y llorar como se merecían a nuestros compañeros
desaparecidos. Por supuesto, nuestro peligroso intento de doblar el cabo no
había terminado. Las condiciones en las que se encontraba el mar no eran la del
enfurecido oleaje que habíamos dejado más al norte, pero teníamos que seguir
navegando con muchas precauciones. Llegados a cierta latitud, dejamos de
navegar al sur para tomas un rumbo más al oeste. El mar distaba de estar en una
situación idílica, pero se encontraba menos encrespado y los vientos eran más
favorables a nuestro nuevo rumbo. Lo que tenía en vilo a la tripulación ahora,
y que amenazaba la integridad de la nave y por tanto nuestra vida, era el
hielo. Comenzamos a avistar grandes bloques de hielo a la deriva. Se apreciaba
a simple vista que, lo que emergía de la superficie, era una gran montaña como
para preocuparse por él si se acercaba lo suficiente a nuestro barco. ¡A saber
la monstruosidad del tamaño que se escondía bajo el mar! El número de
avistamientos era más alto a cada guardia que pasaba. No era tarea fácil
procurar trazar un rumbo que los evitara sin tener que llevar a cabo una
maniobra de bordada tras otra. De entre todos esos castillos de hielo, que se
alzaban en un horizonte de trescientos sesenta grados a nuestro alrededor, hubo
uno que nos llamó especialmente la atención. Surgía de la línea del horizonte
imponente y majestuoso, con un detalle muy singular, que lo hacía destacar
entre los demás. Podía apreciarse en uno de sus lados una curiosa zona oscura,
contrastando con la tonalidad del resto del bloque. No tardó en propagarse la
curiosidad por toda la cubierta, desatendiendo peligrosamente al resto del
hielo. En pocos minutos, casi toda la tripulación —salvo los que en ese momento
se encargaban de tareas que no se podían desatender— se encontraba apoyada a lo
largo de la tapa de regala, desde la borda de babor, por la que se podía ver el
singular trozo de hielo. Ninguno nos podíamos imaginar de qué se podía tratar
semejante anormalidad y el oficial de guardia instó a todos a volver a nuestros
puestos. Mis compañeros y yo, debido a que el trozo se acercaba cada vez más,
de rato en rato lo mirábamos de soslayo, tratando de averiguar que podía ser lo
que aquel impresionante Olimpo congelado podía llevar incrustado en uno de sus
laterales. Las teorías corrían por todo el barco mientras hacíamos nuestras
tareas o a la hora de la comida. ¿Sería tierra del continente Antártico? ¿Una
construcción hecha por el hombre? ¿Un antiguo barco, olvidado en los hielos
entonces?… La guardia en la que yo servía había terminado con su turno de
rancho, de modo que nos dispusimos a salir a cubierta. Bajo la luz del día de
un cielo encapotado, descubrimos que el enorme iceberg se encontraba ahora
bastante cerca de nosotros. Me acerqué a la borda para poder verlo mejor y
observé algunos curiosos detalles. Por ejemplo, de la parte oscura del hielo
sobresalían —uno casi en vertical y otro en diagonal— unos curiosos postes de
madera. Gracias a lo curioso del asunto, el oficial de guardia acordó avisar al
capitán, que no tardó en presentarse en cubierta entre el algarabío. Como el
capitán también deseaba averiguar de qué se trataba, ordenó dar un pequeño
rodeo a aquella enorme estructura natural y poder observar más directamente, el
lado que quedaba oculto y de donde procedía tan extraño objeto. Los gavieros
ascendieron nuevamente por los obenques para maniobrar el velamen, a la vez que
el timonel variaba suavemente el rumbo. Nuestro barco, comenzó lentamente a
bordear el hielo, cuando un escalofrío recorrió a toda la tripulación. Justo de
bajo del poste de madera que sobresalía en un aparente ángulo de cuarenta y
cinco grados del bloque blanco azulado, hizo aparición una extraña criatura.
Con una postura erguida, casi bípeda, observábamos atónitos, un ser que
habríamos jurado, se trataba de una gárgola con un raro tocado en su cabeza.
Uno de los oficiales se adelantó a la borda y con su catalejo observó largo
tiempo aquel ser. Se dispuso a apartar el catalejo de su rostro y comunico —no
con menos cara de asombro— que se trataba de un viejo mascarón de proa, sin
ningún género de duda, de la Armada Española. Nos volvimos hacia él, más
sorprendidos de lo que estábamos hasta ese momento, si cabe. Se trataba de los
restos de un antiguo barco de guerra español. El misterio de la mancha en el
majestuoso bloque de hielo quedaba resuelto, pero otras preguntas no menos
interesantes, bullían en las cabezas de nuestra tripulación. ¿Cómo había
llegado hasta allí el barco? ¿De qué barco se trataba? Y… ¿Qué había sido de su
tripulación? Llegó un momento en el que se pudo observar toda la nave
incrustada en el hielo por su lado de estribor. El lado de babor estaba
totalmente a la intemperie y era el que contemplábamos boquiabiertos. Mis
compañeros gavieros, desde las vergas en las que estaban apostados, gracias a
la altura, llegaron incluso a poder ver parte de la cubierta. Descubrimos
entonces, que se trataba de un navío de dos puentes. Ya no poseía ninguno de
los setenta cañones que, a base de contar las troneras vacías y sumar ambos
costados, pudimos deducir que artillaba. Todavía se conservaba tenuemente, en
un tono muy apagado, los colores reglamentarios con los que habían sido
pintados los costados, según las antiguas Ordenanzas de Marina. Salvo el
botalón de foque y el palo macho del trinquete, totalmente desnudos, ya no
arbolaban ningún mástil. El espejo de popa, a pesar de la podredumbre y
corrosión que presentaba la madera, seguía siendo espectacular, hasta diría que
precioso. Primero pudimos ver los ventanales de los jardines, a los laterales
de las aletas, sobresaliendo del costado. Una vez pasamos de largo, el ángulo
de visión nos permitió ver el espejo de popa completo, con sus ventanales en
curva y el coronamiento. Algunas de las ventanas todavía conservaban algunos
cristales y si uno afinaba la vista, podía ver el interior de la cámara de
oficiales y del capitán, respectivamente. Pasamos de largo, despacio, llevados
por el viento y la marea. Con el pasar de los minutos, aquella visión, aquel
fantasma desapareció a nuestra vista y ya solo quedaba su recuerdo. La
tripulación se mantenía en silencio, apesadumbrada, preguntándose, sobre todo,
cual habría sido el final de los hombres que viajaban o servían en el barco.
Había sido muy comentado también el hecho de que la nave se encontraba “a
flote”, por así decirlo, debido a que buena parte del casco se encontraba
adherido al hielo, y que en el momento en el que se desprendiera se hundiría
sin remedio, dado el deplorable estado en el que se encontraba la obra viva,
que se mantenía bajo el agua.
>>Pocos días
después, logramos mantener un rumbo al norte. Tras varias semanas arribamos a
Valparaiso, en Chile, y más tarde en el puerto del Callao. En ambos lugares
contamos lo sucedido, y en ambos, las autoridades marítimas y portuarias
estaban convencidas de que se trataba del San Telmo, navío de guerra español
que, en 1819, ante los ojos de los tripulantes de las fragatas Prueba y La
Primorosa Mariana desapareció en el trascurso de un temporal en el Cabo de
Hornos tras quedarse sin gobierno, para no volver a ser visto. Los periódicos
de Chile y Perú dedicaron algunas páginas a narrar nuestros testimonios. Todo
el mundo trataba la historia como si hubiese sido una anécdota o el final de un
misterio sin resolver, salvo los tripulantes que lo habíamos visto. Para
nosotros se trataba de algo real y tangible, como nuestra propia vida. A nadie
parecía importarle ya, que se tratara de la tumba de cerca de seiscientos
cuarenta hombres, teniendo en cuenta la dotación de un navío de tales
características y el importante número de soldados que trasportaba hacia los
Virreinatos.
>> ¡Si, muchacho!
Había quedado muy impactado. Luego de volver me retiré y no volví a embarcarme
como marino en ningún otro barco. Durante los siguientes dos años, me dediqué a
construir esa maqueta que ves —dijo, señalando con un dedo la maqueta del San
Telmo—. Luego la traje hasta aquí y la coloqué donde la ves ahora, como
homenaje y respeto hacia su tripulación. ¡En fin!… Esa es la historia>>
*
   Me encontraba tomando los últimos apuntes
con el lápiz. Con un contundente golpe de la mina contra mi cuaderno marqué el
punto y final. Guardé el cuaderno en el bolsillo del que lo había sacado y giré
la cabeza para volver a contemplar la maqueta.
   —Soy periodista ¿Sabe? Y me gustaría contar
en mi revista esta impresionante historia.
   El anciano me dedicó una mirada de reojo,
sin levantar la cabeza. Su gesto era el mismo que el de una persona que vuelve
a cometer un error que esperaba no volver a cometer.
   —¡Ya! Debí imaginármelo. ¡Bueno, muchacho!
Eso es cosa suya ¡Si realmente lo desea!…
   —Sé lo que le aflige. No tema, creo que me
hago una idea de cómo debería abordar el asunto. Usted confíe en mí.
   Me levanté del asiento y le pregunté su
nombre. Él me lo dijo y yo lo apunté en mi cuaderno para no olvidarlo. Le di
las gracias por compartir su historia conmigo y me deseó buena suerte. Dado en
el estado en el que se encontraba —casi diría que se arrepentía de haberme
contado su historia— no me atrevía a irme y dejarlo con tal ánimo, pero me
aseguró que no ocurría nada malo y tras dedicarme una tierna sonrisa me animó a
que me retirase.
   Cuando salí de la iglesia al exterior ya
había pasado buena parte de la tarde. Con la misma tranquilidad con la que me
había dirigido al lugar, crucé el puente de piedra camino del pueblo y, por la
tarde-noche, ya había reanudado mi aventura y me alejaba de la costa.
   Una vez presentada la historia a mis jefes,
parecía que les había entusiasmado, y antes de que pasara un mes desde el
encuentro con el anciano y me contase «La última singladura del San Telmo», mi
redacción había despertado un gran interés en los lectores de la revista para
la que trabajaba, en su número 87, del mes de agosto de 1921.
   No era habitual, pero al final del artículo,
en la que mencionaba el nombre del anciano que me lo había contado todo y las
circunstancias en las que lo había hecho, decidí dejar una dirección de correo
en las que los lectores podían enviarme sus impresiones acerca de dicha
historia. Para mi sorpresa, de entre todas las cartas que me demostraban una
buena acogida, se encontraba una de mi anciano amigo. En ella me daba las
gracias por el enfoque que le había dado a su historia. Parece ser que el hecho
de no pasar por alto el destino de la tripulación y hombres que navegaban en el
San Telmo y el respeto y cariño que había mostrado para con su memoria, habían
agradado al gran público, y en especial a mi amigo. Como decía el título de la
redacción: «Los tripulantes y hombres del San Telmo» a los cuales el destino —de
una aciaga y dramática forma y según las investigaciones posteriores—, parece
ser, les tenía previsto convertirles en los primeros hombres en pisar la
Antártida.

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