Hemos
tenido que esperar diez años para poder leer una nueva novela de Domingo
Villar. Y es que después de Ojos de agua
(2006) y La playa de los ahogados
(2009) todos sus lectores se quedaron fascinados por las aventuras de Leo Caldas
y su inseparable Rafael y querían más.

Es
curioso el caso de Domingo Villar, pues creo que su descubrimiento general fue
tardío. Por lo que veo, la mayoría de las reseñas de los blogs que digamos son
una referencia para mucha gente, empezaron a reseñar Ojos de agua años después de su publicación, y como me pasó a mí, a
continuación buscaron otro libro del autor para seguir disfrutándolo.

Después
de eso, la vorágine de los lectores pedía una nueva entrega. Quizás en esos
primeros años las redes sociales no tenían la fuerza mediática que tienen
ahora, y quizás por eso la leyenda de la tercera novela de Domingo Villar se
fue construyendo en el subconsciente de los lectores poco a poco, hasta que
estalló.

Yo
no quiero dejar de aplaudir al autor, pues no ha publicado la novela hasta que
no ha considerado que estaba lista para su lectura. No tengo los datos seguros,
pero creo que se ha reescrito más de una vez y diría que en algún momento se
han parado máquinas de impresión y todo.

¿No
sería mejor que cada autor tuviera su tempo? Seguro que los libros durarían más
en las mesas de las librerías y no se seguirían convirtiendo en un producto de
consumo rápido. ¿Cuándo ha sido un libro un producto así?

Esperar
siempre merece la pena. El último barco
es una delicia de novela. Hace tiempo que una novela de más de setecientas
páginas no me enganchaba tanto; hace tiempo que el cuerpo no me pedía seguir
leyendo una novela. No creo recordar ni un momento en el que soplara de
aburrimiento.

He
releído mis reseñas anteriores del autor y me doy cuenta que Domingo Villar
consigue en muy pocas páginas que esos diez años se conviertan en días. Es
tanto lo que quedó arraigado de las anteriores lecturas que vuelven a aflorar
al pisar de nuevo Vigo y sus alrededores. ¿Qué ganas me han dado de ir a Vigo?
Creo que autores como Domingo Villar que aprovechan los argumentos de las
novelas para realizar novelas paisajísticas en paralelo sin darte casi ni
cuenta, deberían tener una medalla del ente que toque de turismo. Qué gran
publicidad, qué gran viaje, qué bonita lectura.

Decía
en La playa de los ahogados: «me
fascina la manera de formar el puzle literario que tiene Domingo Villar. Casi
siempre empieza con mucha calma, con un ritmo pausado, casi lento, con pocas
pistas, y poco a poco todo se va acelerando, para llegar al cenit en las
últimas páginas. La playa de los ahogados
no os dejará de sorprender. Vuestra cabeza irá de un sitio a otro intentando
buscar al posible culpable».

¿Por
qué escribir algo nuevo si la misma definición sirve para esta?

El último barcoes una obra sublime en
su construcción; es una obra que todos los escritores de novela policial
deberían estudiar; es una novela que no deja de ser un clásico, pero con el
perfume del lugar y con la fuerza de sus personajes, incluso el de los
secundarios; es una obra que al cerrarla te deja huérfano de lectura. Pobres la
lecturas posteriores a esta.

Para
acabar.

Ya
sabéis que soy un amante de las notas de autor y en este caso me he emocionado
cuando Domingo Villar se ha acordado del querido Paco Camarasa dejando un guiño
a todos los lectores que le pedían que publicara antes la novela. Fantástico
Domingo. Aplauso. No hay mejor manera de cerrar un libro.


 SINOPSIS


La hija del doctor Andrade vive en una casa pintada de azul, en un lugar donde las playas de olas mansas contrastan con el bullicio de la otra orilla. Allí las mariscadoras rastrillan la arena, los marineros lanzan sus aparejos al agua y quienes van a trabajar a la ciudad esperan en el muelle la llegada del barco que cruza cada media hora la ría de Vigo.

Una mañana de otoño, mientras la costa gallega se recupera de los estragos de un temporal, el inspector Caldas recibe la visita de un hombre alarmado por la ausencia de su hija, que no se presentó a una comida familiar el fin de semana ni acudió el lunes a impartir su clase de cerámica en la Escuela de Artes y Oficios.

Y aunque nada parezca haber alterado la casa ni la vida de Mónica Andrade, Leo Caldas pronto comprobará que, en la vida como en el mar, la más apacible de las superficies puede ocultar un fondo oscuro de devastadoras corrientes.

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