Este relato participa en el concurso de historias de bicis (#historiasdebicis) convocado por la páginaweb ZendaLibros.

La bicicleta de hierro

Dicen que cuesta recordar muchos de los
momentos vividos cuando uno es un niño de menos de cinco años. No sé si seré un
privilegiado, pero yo lo recuerdo como si fuera ayer.

Recuerdo la bicicleta de carreras de
hierro con la que mi padre repartía el correo; según me contó, se la regalaron
al cumplir los diez años de servicio:

—Ahora ya no tendrás que ir andando a
repartir el correo —le dijo su jefe al entregársela.

Le instaló dos sacas en la parte
trasera que siempre iban llenas de cartas e incluso paquetes.

Mi padre le cogió un tremendo cariño a
la bicicleta, tanto que en el momento que todos iban dejando las dos ruedas a
pedales para pasar a las motorizadas mi padre sorprendió a sus superiores
cuando les contestó:

—Me quedo con la bicicleta —les dijo
convencido—. Ah, y con el dinero que os ahorráis nos podéis comprar una abrigo
nuevo a todos que quién más quién menos tiene un agujero por el que le entra el
frío en invierno.

Aquel invierno lucieron los abrigos y
subieron a mi padre a un puesto con más responsabilidad, aunque se tuvo que
negociar:

—Si tengo que dejar de coger la
bicicleta por ganar unos cuartos más, prefiero quedarme como estoy —les
aseguró.

Al final encontraron un término medio.
De buena mañana repartiría el correo en los barrios más alejados del centro. De
esa forma cumpliría con subirse a la bicicleta durante un tiempo prudencial. Y
a la vuelta le tocaría despacho.

El domingo la bicicleta descansaba y mi
padre aprovechaba para dejarla impoluta.

Recuerdo que uno de esos domingos, no
había yo cumplido los cinco años todavía, mi padre me dijo:

-Cuando seas mayor será tuya. Por eso
tienes que fijarte bien como la cuida papá, porque así te durará tantos años
como a mí.

Y así fue como los domingos ayudaba a
mi padre a limpiar su bicicleta.

También recuerdo con claridad cuando le
dije a mi padre:

—Quiero aprender a cortar con las tijeras.

—No, eres demasiado pequeño -me
contestó seco—. Cortar con las tijera es peligroso.

—Por eso quiero que me enseñes —le dije
convencido.

—¿Y por qué tanto interés?

—Porque quiero coleccionar todas las
noticias que hablan de bicicletas y salen en tus periódicos.

—¿Mis periódicos?

—Sí, esos que tienes en el sótano.

—Pero si casi no sabes leer.

—Sí que sé.

—Aunque supieras. Eso periódicos no se recortan.
Yo te enseño a cortar las tijeras —negoció—, pero me tienes que prometer que no
recortarás esos diarios.

—¿Y podré recortar los que te compras
cada día?

—Esos sí.

—Entonces vale. ¿Cuándo empezamos?

Cuando aprendí a leer de verdad,
comprendí el valor que tenían esos periódicos para un amante del ciclismo como
mi padre. Coleccionó todos aquellos que hablaban sobre las gestas de Eddy
Merckx, en especial sus victorias en Giro de Italia y Tour de Francia. También
tenía los que hablaban de la única Vuelta a España que ganó, la única que
corrió, en 1973, el año en que yo nací. Ese año, pocos meses antes que yo
naciera, me explicó mi padre que había ido hasta el puerto de Orduña para ver
en directo la que se consideró la etapa reina de aquella Vuelta de 1973 en la
que tres colosos compitieron por la victoria: Merckx, Ocaña y Thevenet.

Cargó la bicicleta de hierro en la baca
del coche y fue hasta Miranda del Ebro, población en la que acababa la etapa
tras bajar el puerto de Orduña. Y ni corto ni perezoso recorrió el recorrido de
los ciclistas en sentido inverso hasta situarse a mitad de puerto y verlos
pasar.

—Fue una etapa fenomenal —me contó mi
padre años más tarde —. Fue la única en que Ocaña puso contra las cuerdas a
Merckx subiendo Orduña. Lo vi pasar destacado y por un momento pensé que podría
hacerse con la Vuelta. Pero en la bajada, Merckx y Thevenet se unieron y dieron
caza a Ocaña para llegar a meta y ganar el de siempre.

Lo explicaba con una pasión que era
imposible no sentir algo cuando uno leía esas crónicas que guardaba en el
sótano. Eso me llevó a seguir su ejemplo y coleccionar recortes de diario de
todos los eventos ciclistas que aparecían en ellos. Era como un momento de
comunión con el ciclismo, mi padre y su bicicleta de hierro.

Ayer enterré a mi padre y hoy estoy en
Miranda de Ebro, con su bicicleta de hierro. Le quiero hacer un último
homenaje: subir el puerto de Orduña como él lo había hecho en recuerdo de
aquella Vuelta del 73, en recuerdo de todos sus periódicos que provocaron que
hoy yo sea periodista deportivo especialista en ciclismo, en recuerdo de su
amor por el ciclismo y por encima de todo de su bicicleta de hierro.

David Gómez Hidalgo

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