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Yo
voy al gimnasio a leer. Sí, como lo leéis, a leer. Me pongo mis auriculares
inalámbricos, conecto Storytel en mi móvil y me pongo a escuchar una de
las magníficas historias que hay dentro de la plataforma de audiolibros.

Una
cosa que me gusta es que la misma plataforma se preocupa por tus oídos y te
recomienda no superar cierto volumen. Y casi siempre es suficiente menos cuando
en el gimnasio me encuentro con un individuo que cree que el local es suyo y
pone a todo trapo los altavoces de centro. El estruendo es casi insoportable y
por mucho que suba mi volumen me es casi imposible enterarme de nada. Total,
que me tengo que quitar los auriculares y dejar de disfrutar de mi momento
porque otro impone su ley sin ni siquiera preguntar si molesta o no.

Lo
peor de todo es que sabe que molesta, pues ve cómo me tengo que quitar mis
auriculares y acomodarme a su atronador ruido. Creo que le resulta
satisfactorio; solo le falta picarse en el pecho con los puños con los
orangutanes.

En
mis clases últimamente tengo que esperar unos minutos hasta que haya silencio
para poder comenzar. Llegado a ese punto, debo decir que los alumnos parecen
atentos a mis historias, pero cada vez se explica menos en las aulas y se deja
más tiempo para practicar, para interactuar, para preguntar, para resolver
dudas. Está claro que eso hace que los alumnos hablen, y no hay problema
siempre que se mantengan en unos niveles de ruido aceptable. Pero se produce el
efecto rebote-eco, no sé cómo llamarle. Para que me entendáis, si un simple
alumno sube el tono de su voz por encima de la media tiene un efecto rebote con
los de su entorno y hace que estos suban su tono; y tiene un efecto eco con los
más alejados que tienen que subir su tono para poder entenderse entre ellos.
Total, que la clase se convierte en una especie de pescadería, como les digo a
ellos, y tengo que ir dando avisos que duran lo que duran, pues ellos siguen
hablando a un volumen sobrepasado, como si estuvieran en la plaza del pueblo,
por cierto, plaza que casi no pisan, pues prefieren relacionarse por redes
sociales, jugando a la consola de turno o jugando online al dichoso juego de
moda.

El
otro día hablaban en la radio de que se está poniendo de moda ir al cine a
hablar. Poca gente que va al cine y encima se ponen a comentar la película como
si estuvieran en el comedor de su casa. Dicen que puede ser el efecto Netflix
que cada vez más produce películas que se estrenan en cines y al cabo de unos
días pasan a la plataforma. La gente va al cine, ve salir la N de Netflix al
inicio de la película y se abre la veda para hablar.

Son
pequeños ejemplos de lo que creo es una deriva irrespetuosa de la sociedad
actual.

¿Vosotros
también opináis que existe esa deriva? ¿Tenéis otros ejemplos que compartir?
Seguro que sí.

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