«Vivía en un estado totalitario de libertad, en un régimen autoritario de pleno albedrío, todo lleno de edictos y decretos ordenándole hacer lo que le diera la puta gana».

Reconozco
que cuando vi a Los asquerosos de
Santiago Lorenzo colarse en el puesto número tres de ventas del último Sant
Jordi me quedé sorprendido y feliz. Sorprendido porque no había sentido hablar
nunca de la novela y, lo siento, tampoco del autor. Feliz, porque se había
producido el milagro de que una novela pequeña, entiéndase el adjetivo, había
podido con los buques insignia: todavía quedaba esperanzas para las sorpresas.

Pero
al leer la novela me he dado cuenta, no investigué antes al autor, que este no
era tan desconocido, pues incluso tiene un Goya como productor de cortos de
animación y eso seguro que jugó en su favor. Entonces, la sorpresa podría ser
más pequeña, pero con todo, creo que tiene un gran mérito meter a Los asquerosos en ese TOP.

Mi
siguiente paso antes de leerla fue buscar comentarios sobre el libro y la
mayoría eran alabanzas y subidas a los altares. Siempre desconfío un poco de
tanta bonanza, pero me siguió interesando el fenómeno.

Ya
puestos, diré que me ha parecido un libro correcto, entretenido, irónico, mordaz,
ameno, reflexivo y quizás yo no llegue a comprender todo lo rico de su
vocabulario o lo rompedor que llega a ser según cuentan. Yo hablo, como
siempre, desde las sensaciones, desde el disfrute, desde la satisfacción.

«Con cada
céntimo que dejaba de fabricar compraba un minuto de freática paz a estrenar.
Le parecía muy barato».

Ya
os lo he contado en diversas ocasiones, soy muy fantástico de Robinsón Crusoe.
Creo que esa atracción me viene de esa edad en la que nos es más fácil soñar
con aventuras y querer, como yo quería, vivir las aventuras de tipos como
Crusoe.

Dicho
esto, Los asquerosos se puede
considerar de alguna forma una historia moderna de Robinson Crusoe. Por ello,
para mí la historia que tiene más fuerza es la de la primera parte en la que el
personaje se ve en la obligación  de
vivir solo.

Después,
en la segunda parte, en la que sabemos que algo tiene que suceder que rompa con
el ritmo de la novela, aunque en cierto punto se encuentra mucha de la crítica
social y la ironía que tanto ha gustado, a mí me ha interesado menos, es menos
Crusoe. Me dejé llevar para ver cómo acababa todo. Y acaba de forma correcta.

Dentro
de la novela hay muchas reflexiones, pero algunas de las que más me han hecho
pensar es por ejemplo el de tener presente el gusto por las cosas mundanas.
Vivimos tan abducidos por la tecnología y en particular por móviles,
ordenadores, televisiones con miles de series por ver para estar al día y poder
comentarlo por la redes sociales que no nos fijamos que importante es el
silencio, por poner un ejemplo.

En
la novela también  se habla de cortar con
el capitalismo. En este caso creo que existe una dualidad de elección: utopía o
realidad. ¿Alguno de nosotros podríamos vivir trabajando menos? Quizás vivir
sí. ¿Pero realmente tenemos la posibilidad de trabajar menos o estamos
atrapados por la tiranía horaria del trabajo?

Estamos
ante una novela muy diferente a lo que podéis encontrar en el mercado, como lo
fue Robinson Crusoe.

¿Tenéis ganas de escuchar el silencio?


 SINOPSIS


Manuel acuchilla a un policía antidisturbios que quería pegarle. Huye. Se esconde en una aldea abandonada. Sobrevive de libros Austral, vegetales de los alrededores, una pequeña compra en el Lidl que le envía su tío. Y se da cuenta de que cuanto menos tiene, menos necesita. Un thriller estático, una versión de Robinson Crusoe ambientada en la España vacía, una redefinición del concepto «austeridad». Una historia que nos hace plantearnos si los únicos sanos son los que saben que esta sociedad está enferma. Santiago Lorenzo ha escrito su novela más rabiosamente política, lírica y hermosa.

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