Mi síndrome del impostor – David Gómez Hidalgo

imagen de una mujer que tiene delante de su cara como si fuera una fotografia suya de los ojos. Se enconde tras ella. El síndrome del impostor
Photo by Amir Geshani on Unsplash
Creo
que llevo doce años luchando contra el síndrome de impostor.
¿Y
por qué digo esto ahora? ¿Me acabo de caer de un guindo? ¿No me había dado
cuenta antes?
Sería
tonto decir que no lo sabía. Sí, lo sabía, era consciente y además muchas veces
lo había hablado en privado con alguno de los escritores o lectores con los que
tengo más confianza. Quizás, no le había puesto el nombre de impostor, pero
tengo claro que era eso y más después del golpe se realidad que ha sido leer el
artículo de Carmelo Bertrán en la web de Ana González Duque, Marketing para
escritores titulado: El síndrome del impostor en el escritor: véncelo de una vez por todas.
Pero
antes de continuar, por si no sabéis de que hablo, se podría definir el
síndrome del impostor como: el fenómeno psicológico en el que la gente es
incapaz de internalizar sus logros y sufre un miedo persistente de ser
descubierto como un fraude.
No
quiero hacer un artículo sobre el síndrome. Para eso estar el de Carmelo, yo no
lo podría escribir mejor, o el de Isaac Belmar titulado: El «buen»síndrome del impostor, en el que le da una vuelta de tuerca al tema.
Os
quiero hablar de mi síndrome.
Os
quiero contar lo que me sucedió la semana pasada para que me digáis si no es un
ejemplo del dichoso síndrome y por si os ha pasado alguna vez alguna cosa
parecida, sea en el ámbito de la literatura o en cualquier otro ámbito, incluso
el laboral.
Recordé
un artículo de Jaume Vicent, La guía definitiva para saber cómo sobrevivir a tu Facebook de escritor, publicado en su web Excentrya y me dije, ¿por qué no
recuperar mi página de Facebook como escritor?
Dato
importante para el impostor: tuve una con algo más de cien seguidores y la
borré, hará de eso tres o cuatro años.
Pues
bien, me pasé todo el día arreglándola, publicando, dándole un poco de sentido,
de color, de vida.
Llevaba
por título: David Gómez Hidalgo – Escritor.
Después
de eso, lo que todo el mundo hubiera hecho es invitar a todos sus contactos de
Facebook a seguir la nueva página. Yo no lo hice, así le daba carnaza al
impostor.
Durante
aquel día, sin publicidad ninguna, un par de amigos la encontraron y me
siguieron. Mil gracias. Y me fui a dormir con la sensación de haber hecho algo
malo.
Por
la mañana, hice mi repaso en busca de buenos artículos literarios y el impostor
te vas dando bofetadas al ver lo que cuentan los escritores de verdad. Y eso me
hizo cuestionarme de nuevo: ¿cómo me atrevía a poner escritor al final de mi
nombre?
El
impostor estaba a punto de ganar la partida.
Fueron
pasando las horas y cada vez me sentía más agobiado. Tenía la sensación que
debía ponerme a escribir para demostrar que era escritor, que merecía el
apelativo de esa página. Pero el monstruo se hizo grande. No dejaba de darle
vueltas a la cabeza.
Entré
en Facebook. Busqué el botón de eliminar página y puse fin a su efímera
existencia y con ella rebajé mi angustia. Os lo digo de verdad. Me fui
serenando. Desde aquel momento no tenía que demostrar nada a nadie. Podía
seguir escribiendo para mí, a mi ritmo, sin preocuparme si escribía diez o cien
palabras.
Pero
el impostor sigue en la sombra, al acecho, pues pocas palabras puedo sumar de
un proyecto de novela. Solo suma algún relato, como el que publiqué
recientemente en Vindicta.
Aunque
no es cierto que no escriba. Si sumara todas las palabras de las reseñas,
artículos, correos de mis suscriptores y otras, seguro que me quedaría
sorprendido de lo que llegó a escribir. ¿Pero es eso lo que quiero escribir?
Creo que el impostor contesta que sí. Mi otro yo, creo que intenta decir que
no, pero el monstruo siempre gana. Nunca hay tiempo para embarcarme en un
proyecto: siempre leo antes de escribir; siempre una reseña antes de escribir;
siempre redes sociales antes que escribir; siempre cualquier excusa antes que
escribir, supongo que para no enfrentarme al impostor.
Estoy
rodeado de escritores. Voy viendo, viviendo, como todos ellos avanzan felices
con sus publicaciones. Me siento feliz por ellos y por eso me dedico a darles
publicidad en redes o a leerlos para escribir una reseña que siga ayudándolos.
Pero yo no avanzo. Sigo tomando cañas con el impostor y no salgo de mi borrachera.
¿Estoy
para que me encierren, verdad? Y no me digáis aquello de: déjate de tonterías y
escribe. Corta con todo y escribe si es lo que quieres hacer.
Como
si fuera tan fácil hacerlo. Si lo fuera, ya lo hubiera hecho. Y si no,
preguntadle al impostor.

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