El hipnotizador de cinco patas de Tony Jim
«Una historia embarrada homenaje a Fred Brown del Piloto Jim».

Relato el hipnotizador de cinco patas de tony jim homenaje a Fred Brown piloto jim
Imagen de ipicgr en Pixabay 

—A
ver, profesor Jones, ¿me podría volver a repetir lo que pretende? Creo que no
me ha quedado claro —pregunté al profesor Jones.
—Por
supuesto, ya me figuraba que no le quedaría claro a la primera. Pues, como le
comentaba, le necesito para que me ayude en la captura de un extraño animal
llamado hipnotizador de cinco patas. Animal originario de un lejano, y extraño
también, planeta.
—Sí,
esa parte creo que me ha quedado clara, pero quiero decir, que por qué
precisamente me necesita a mí.
—Claro,
claro. Es normal que dada su ineptitud se pregunte para qué puede ser usted
útil.
—Hombre,
tanto como eso…
—Verá,
el hipnotizador de cinco patas es un extraño animal que ha desarrollado un
curioso sistema de defensa ante sus posibles depredadores —explicó el profesor
Jones.
—A
ver, a ver, de qué se trata tal sofisticado sistema de defensa.
—Es
un sistema bastante ingenioso, fruto sin duda de años de evolución y de las
condiciones ambientales del planeta, que fomentan el desarrollo de habilidades
telepáticas y psíquicas.
—Vaya,
qué curioso. Me tiene bastante intrigado, profesor Jones.
—Es
fascinante, como diría un vulcano, es un sistema de defensa que provoca amnesia
en el posible depredador, lo cual, obviamente, protege al animal en cuestión,
pues el posible cazador se olvida totalmente de su presa.
—Pues
sí, es una cosa fascinante como me comentaba, pero aún no acabo de ver qué
pinto yo en todo esto. Nunca he sido partidario de la caza de animales y menos
de animales tan espabilados.
—Mi
intención es capturar vivo uno de estos extraños ejemplares, puesto que nadie
ha sido capaz de capturarlos y creo que sería un gran avance para la comunidad
científica poder estudiar a un ejemplar vivo.
—Si
es en aras del avance científico, me parece estupendo, pero como le comentaba,
¿qué pinto yo en esto? Yo no soy nada ducho en nada, y menos en la caza y
captura de animales tan espabilados. Recuerdo que de pequeño ni siquiera era
capaz de capturar un simple saltamontes.
—Lo
que me interesa de usted es también una habilidad que tiene usted innata.
—¿Yo?,
¿sacar de quicio a la gente? Para que saque de quicio al bicho ese, lo veo
complicado: primero tendría que encontrarlo y, después, que me acordara de
haberlo encontrado, claro.
—Eso
mismo, estaba hablando de su amnesia selectiva, puesto que pienso que podría
darse el caso de que su célebre amnesia pueda hacerle inmune a las habilidades
telepáticas del hipnotizador.
—Ah,
está bien pensado. Puede que para contrarrestar la amnesia se necesite más
amnesia. Es como aquello de que un clavo saca otro clavo o lo de que el fuego
se combate con fuego.
—Algo
así, vamos.
—Bueno,
como creo que no tengo nada mejor que hacer, y dado que usted está trabajando
ahora para el glorioso Imperio Cardasiano, y se supone que yo también, creo
que
estaría bien que trabajáramos juntos en la captura de tan extraño animal
telepático.
—Estupendo.
—Además
creo que si tiene usted razón, con aquello de que mi amnesia selectiva será la
clave para la captura de dicho animal, puede ser una misión bastante fácil.
Aunque quisiera pedirle un favor a cambio.
—¿Cuál?
—Que
nos acompañe en nuestra misión también la bella vulcana Sony-B —indiqué yo.
—Pues
he de confesar que eso ya está hecho. Ya he contratado previamente los
servicios de dicha vulcana. Lo había hecho como aliciente para que usted
también aceptara la misión, por aquello de que tiran más dos orejas puntiagudas
que dos carretas. Y, vamos, creo que es de todos sabido su interés por tan
bella vulcana.
—Lógico
interés, claro está —añadí yo.
—Como
lo quiera usted llamar. Yo con tener ya el grupo expedicionario completo, ya me
doy
por satisfecho.
—Y
así, ¿sería la primera vez que se captura un ejemplar de dicho animal? Y ahora
hablo
del
hipnotizador ese y no de la vulcana?
—Bueno,
de hecho, no. Hace bastantes años se consiguió capturar uno, pero fue hace
bastantes años y no está claro cómo se produjo la captura ni los frutos que
reportó para la ciencia, pues se trató de un trabajo realizado también por un
notable investigador, un tal doctor Everton, si no recuerdo mal.
—Ah,
está bien. En cualquier caso si logro cazar vivo a un bicho de esos delante de
la
vulcana
Sony-B, seguro que se queda impresionada, y dejo claro de una vez por todas
que
no soy una persona tan torpe como se ha comentado.
—Bueno,
pues ya se verá. Ahora es momento de comenzar nuestra misión.
El
campamento base, aunque bastante sencillo, tenía un aspecto acogedor tras
largas horas de haber caminado por la superficie de aquel planeta. Estaba ya
anocheciendo y mi principal interés era sentarme delante de la fogata para
calentarme y descansar un buen rato. Al llegar, Sony-B, dijo:
—¿Has
capturado algo?
—Solo
esto.
Abrí
la caja protegida con musgo que utilizábamos para llevar las piezas capturadas
y saqué el único animal que había atrapado, si es que era un animal. Era como
una caracola de mar pero similar a una simple roca. Al coger la caracola con
mis manos, salió una especie de cangrejo que intentó escapar moviendo sus patas
en el aire a gran velocidad.
—¡Anda,
pero si había un bicho en su interior! —dije con sorpresa.
—Ya
veo ya, parece una especie de cangrejo ermitaño pero terrestre. Déjalo marchar
y ven a cenar con nosotros delante de la hoguera.
Así
lo hice y me puse a comer con el resto del equipo de misión delante de la
hoguera del campamento. Estaba algo absorto en la cena, cuando me pareció que
Sony-B mencionaba algo sobre una especie de tortuga, algo que no tenía ningún
sentido.
—¿Qué?
—pregunté —, ¿qué tortuga? —Sony-B me miró extrañada, y luego miró al profesor
Jones, que dijo:
—Una
tortuga de barro. El motivo principal por el que estamos en este planeta. Y
parece que tú te has encontrado con una de ellas.
—No
sé de qué está hablando, profesor Jones. No he visto ninguna tortuga de esas de
barro en este planeta, y de hecho es la primera vez que oigo hablar de ellas.
¿Estáis de broma o qué?
—Definitivamente
ha encontrado una de ellas o ha estado muy cerca de una de esas tortugas —dijo
la vulcana, Sony-B.
—Se
lo explicaré, Sr. Jim. Verá, hay muchos animales que tienen sistemas
protectores ante sus depredadores. Algunos de estos sistemas son muy avanzados
y curiosos, a la par que eficientes para defenderse de sus enemigos naturales.
Están los insectos palo o los cangrejos ermitaños, como el que capturó usted, Sr.
Jim —explicó el profesor Jones.
—Me
parece estupenda la clase de zoología, pero no acabo de ver el punto. No sé de
qué va todo esto, ni sé de qué tortuga me estáis hablando.
—Pues
como le estaba comentando, al respecto de los sistemas de defensa animal, está
el caso de la tortuga de barro. Que como la mayoría de formas de vida de este
planeta, dispone de ciertas habilidades telepáticas limitadas. En el caso
concreto de la tortuga de barro oriunda de este planeta, esta puede provocar
amnesia temporal en lo relativo a ella misma, a su existencia, en la mente de
cualquier criatura que se encuentre con ella — aclaró el profesor.
—Es
decir, si alguien va a capturar una de estas tortugas de barro y se encuentra
con una, no solo se olvida de que estaba buscándola, sino también de haberla
visto y de haber oído hablar de ella —añadió la vulcana de la expedición.
—Pues
vaya, así que yo estaba tratando de capturar un ejemplar de tortuga de estas.
—Exacto
—dijo el profesor Jones.
—¿Y
cuánto dura la amnesia esta? —pregunté yo.
—Pues
unas pocas horas. Pero después de eso, si se vuelve a encontrar con una, vuelve
a
pasar —comentó el profesor Jones.
—Si
todas las personas que las ven las olvidan, ¿cómo es que se conoce su
existencia?
—Las
han fotografiado varias veces y se han tomado imágenes de ellas en movimiento.
Claro
que nadie recordaba haber tomado dichos registros. Se parecen mucho a las
tortugas terrestres. Se creía que tenían cinco patas, pero realmente solo
tienen cuatro, y una cola que se asemeja a una de estas patas, por ello se las
denominó hipnotizador de cinco patas —explicó Sony-B.
—Por
lo de las patas y por su habilidad, digámosle, hipnotizadora, claro —añadió el
profesor.
—Sí,
como le decía, son muy parecidas a las tortugas terrestres de la Tierra, quiero
decir
que
son tortugas terrestres, que no son acuáticas, vamos, y que son parecidas a las
de la
Tierra,
el planeta Tierra, quiero decir, vamos —dijo la vulcana.
—Todo
el equipo estuvo estudiando las imágenes que tenemos de ellas, para
reconocerlas cuando las viéramos —dijo el profesor.
—Son
una especie muy rara y solo se han detectado en esta pequeña zona del planeta
donde nos hallamos. Una zona de lodos bastante reducida, que parece ser el
hábitat natural de estas tortugas —comentó Sony-B.
—Por
eso también se les llama simplemente tortugas del barro.
—Bueno,
ahora que está de nuevo al día, hemos de volver a la caza, porque son animales
diurnos y hay que aprovechar que está oscureciendo —dijo la vulcana.
—La
verdad es que no tengo muchas esperanzas de poder capturar un ejemplar de
tortuga del barro, pensé que la amnesia selectiva del Sr. Jim le haría inmune a
la amnesia provocada por la tortuga. Pero bueno, ya que estamos, podemos hacer
un último intento.
A
ver si tenemos suerte —dijo el profesor Jones.
—Bueno,
puede que la amnesia selectiva del Sr. Jim no le haga inmune, pero puede ser
que ahora al estar afectado por la amnesia de la tortuga, esto le inmunice a un
nuevo ataque de amnesia tortuguil, al menos durante el tiempo que dura la
amnesia del hipnotizador —teorizó Sony-B.
—Por
probar no perdemos nada. Propongo que hagamos dos grupos, para aumentar las
posibilidades de encontrar a la dichosa tortuga: usted, Sony-B, vaya sola por
allá, que ya es bastante espabilada para ir solita, y nosotros dos por acá. Ya
me encargó yo de vigilar al Sr. Jim.
Suerte
que había una bella luna llena que daba algo de luminosidad a aquel oscuro y
embarrado planeta
—Verá,
profesor Jones, si lo he entendido bien, la teoría de Sony-B es la siguiente:
si ya me ha pillado la dichosa tortuga del barro, estaré sometido a la amnesia
que provoca durante unas cuantas horas y, mientras lo esté, soy inmune. Creo
que si veo una de estas tortugas ahora, no se me olvidará qué es ni que quiero
capturarla.
—Pues
no sé, Sr. Jim, puede que tenga razón, pero las probabilidades de que
encontremos una tortuga ahora son bastante escasas —dijo el profesor Jones.
—¿Por
qué lo dice, profesor?
—Bueno,
está anocheciendo y eso nos resta visibilidad. Además, la tortuga se camufla
muy bien en el barro, ya que son de un color casi idéntico a este (al barro).
Veo muy complicado que demos con una, a no ser que prácticamente tropecemos con
ella (literalmente) por pura casualidad.
—¿Y
más o menos cuánto miden?
—No
son demasiado grandes. Diría que unos quince centímetros de diámetro, más o
menos. Por lo que he podido deducir de los estudios previos y las fotografías
que se han tomado de ellas.
—¿Y
son exactamente del mismo color que el barro?
—¿El
qué?
—Las
tortugas, las tortugas del barro, que si son del mismo color que el susodicho
barro de este planeta —insistí yo.
—¿Tortugas?,
¿qué tortugas?, ¿ya empieza usted con sus tonterías, Sr. Jim?
—Mmm,
tengo una idea, profesor Jones. Una idea, más que una tontería, claro. Usted
marche de regreso al campamento y ya nos veremos allá.
—Bueno,
como usted diga, la verdad es que estoy algo cansado, me irá bien descansar un
rato en el campamento.
A
medida que el profesor se iba alejando de regreso al campamento. Yo puse la
caja de especímenes como señal en el lugar exacto donde estaba. Y empecé a
caminar en espiral alrededor de ella. Estaba claro que todo obedecía a un gran
plan de mi mente maestra, aunque debido a mi amnesia selectiva, no lo había
recordado hasta ahora. Me había dejado atrapar por una de las tortugas, para
que yo fuera inmune a sus efectos hipnóticos durante unas cuantas horas, pero,
claro, mis compañeros de misión no lo eran.
Así
que la tortuga, que tenía que estar en las inmediaciones, había afectado al
profesor
Jones,
pero a mí no.
Estaba
rodeando la caja por quinta vez, a unos metros de distancia de ella, cuando
pise algo inmóvil y bastante duro, que parecía estar bastante lleno de barro.
Era una tortuga de cinco patas.
—Ya
te tengo pillina —dije recogiéndola del embarrado suelo. Ella estiró su
cuellecito y abrió la boca como en un bostezo que hizo que guiñara sus dos
ojillos. Daba un poco de lastimilla, la pobrecita tortuga, pero supuse que
estaría bien en manos del profesor Jones, que en el fondo es buena persona. Y
bueno, como los cardasianos parecen —no tengo probado este hecho— una especie
reptiliana, supuse también que no le harían nada malo a uno de sus congéneres o
antepasados tortuguiles.
Así
con gran alegría y regocijo regresé al campamento base. Al llegar mostré con
gran alegría y orgullo mi captura:
—¡Mirad,
qué maravilla! He conseguido capturar una de esas taimadas y escurridizas
tortugas del barro.
—Ah,
muy bien, muy bien —dijo el profesor Jones.
—¡Bah!,
eso es la suerte del principiante, que se suele decir —añadió Sony-B.
—Que
no, que no. Que ha sido fruto de mi gran ingenio. ¡Soy un gran héroe galáctico!
—Hombre,
señor Jim, tampoco se pase. Ya le digo que muy bien, que me parece estupendo
que hayamos acabado la misión con éxito, pero de ahí a que sea usted un gran
héroe galáctico… No sé, me parece que hay un buen trecho —dijo el profesor.
—Que
sí, que sí. Que he podido capturar gracias a mis dotes heroicas un ejemplar
único de un extraño animal extraterrestre.
—No
se pase, hombre, que tampoco es que haya usted capturado un rancor de Bajor o
un peligroso gusano de Dune —observó la vulcana Sony-B.
—O
una gran ballena blanca —añadió el profesor.
—Pues
vaya. En cualquier caso, creo que es un gran logro, y la captura de la gran y
espléndida tortuga de barro de cinco patas ha sido fruto de una gran labor
mental por mi parte.
—Eso
sí, lo reconozco. Parece que cualquier cosa a usted ya le cuesta un gran
esfuerzo mental, pues esto de atrapar a la tortuga, le debe haber dejado sin
neuronas —dijo la
vulcana.
—Bueno,
en cualquier caso, vamos a celebrar la captura antes de que vuelva a sufrir
amnesia y se me olvide mi gran logro —dije yo finalmente para zanjar la
discusión sobre mi hazaña.
—¿Volver
a sufrir amnesia? ¿Cree que le ocurrirá de nuevo? —preguntó Sony-B.
—Está
claro que todavía no conoce del todo al Sr. Jim y no debe haber oído hablar
mucho tampoco de su famosa amnesia selectiva, a él sin tortuga ni nada seguro
que se le olvida.
Es
algo innato en él y no le hace falta sufrir los efectos hipnóticos, como digo,
de la tortuga del barro.
—Hombre,
ya hemos visto que sí que me afecta la amnesia tortuguil. A menos que ésta sea
la misma tortuga a la que me he acercado la primera vez, creo que tendré de
nuevo amnesia. Tan pronto como se me pase el periodo de inmunidad de la primera
tortuga, esta me afectará y lo volveré a olvidar todo durante unas horas. Y eso
debe de estar a punto de pasar, si es que va a pasar.
—Pues
ya podría ser, por la poca experiencia que hemos tenido con estas tortugas,
parece que ese es el efecto que causan —dijo el profesor Jones.
—Por
eso, hay que celebrarlo enseguida —añadí yo.
Así
pues, estuvimos un rato más charlando a modo de celebración. Yo relaté a Sony-B
con gran lujo de detalles cómo había ido la captura del espécimen, para que se
quedara impresionada por mi gran inteligencia, que me supongo nunca podrá estar
a la altura, por muy grande que sea, de la inteligencia vulcana. El profesor
Jones, optimista él, había traído una botella de cava para celebrar si
conseguíamos nuestro objetivo. Y como al final así fue, descorchó dicha botella
y estuvimos también bebiendo un poco del espumoso líquido. Tras lo cual, y como
ya empezaba a ser bastante tarde, al menos para los horarios de aquel planeta,
nos pusimos a preparar la marcha, pues el profesor quería volver cuanto antes
para empezar sus estudios con el espécimen capturado.
Yo
fui el último en recoger mis cosas y subirlas a bordo de la lanzadera que nos
había traído a la superficie de aquel planeta. Naturalmente, me desprendí de
todo lo que no necesitaba —cosa que siempre se hace antes de un viaje
espacial—, incluyendo sacar el musgo de mi caja de ejemplares y soltar a una
extraña criatura, parecida a una tortuga, que no podía tener ningún valor como
espécimen.
Era
un extraño animal, como decía, muy parecido a una tortuga. Tenía una cola que
se asemejaba a una de sus patitas, con lo que daba la impresión de que tuviera
cinco patas, en vez de cuatro. La pobre tortuguita debía de haber encontrado
abierto el pestillo de la caja y se habría metido dentro sola, porque yo no
había atrapado nada como aquello. Tal vez debí habérselo preguntado antes al
profesor Jones, pero creo que tenía la mente algo turbia por el cava y tenía
prisa por regresar a mis aposentos en la sede central del Alto
Mando
Cardasiano y así poder descansar para estar al cien por cien en mi próxima y
trepidante nueva misión, fuera cual fuese, claro.


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