Relato: La habitación número siete de Leonardo Aiello
«Existen lugares con imán emocional».

Photo by Dima Pechurin on Unsplash

Por Leonardo Aiello (@la_aiello)
La recta línea de rocío diamantino, filtrándose por
la ventana apenas abierta comenzaba a humedecer la mesa de madera rajada de la
habitación de ese antiguo hotel, a orillas del mar, por donde esta historia
tiende a circular. Las mohosas paredes de yeso blanco tuvieron su breve
resplandor matutino. El sol daba su cálido saludo dorando al rocío para coronar
su reflejo en el único objeto metálico de la habitación, el llavero. Era de un
bronce bruñido y, a la vista, de un notable peso. Tenía la sencilla forma de un
número siete, el número de aquel poco glamoroso cuarto de hotel donde ella
habría de morir consolidando allí inextricablemente su alma.
Cada partícula de polvo, cada molécula de rocío
marino, cada fotón de luz solar eran sometidos a su voluntad. Yo sólo sabía que
debía volver a esa habitación, entregar mi aliento al plácido sopor que
aquellas sábanas me daban y vislumbrar los rayos caprichosos contorsionándose
en la ajada madera para alcanzar algo etéreo en algún recodo inmaterial. Sentía
la fluidez cíclica de la vida en cada brisa que la ventana dejaba pasar
haciendo del tiempo algo esquivo, casi inexistente.
La siempre lacónica sonrisa del encargado
convertida en lúgubre desaprobación debía haberme dado una pista aquella tarde
de lluvia fresca de abril. Pero mi entrañable ceguera me mantenía al margen de
las vicisitudes de la cotidianeidad arrebatada por la salobre brisa que me
arrastraba a la habitación. ¿Necesita que lo despierte?, me preguntó el
encargado, a lo que respondí negativamente. No quería interrupciones en mi
lecho acogedor. ¡Me quiso cambiar de habitación! Sabía que a pesar de la
injustificada tarifa y los gestos que le habré de soportar, ante los cuales
cada vez me sería más difícil hacerme el desentendido, esa habitación era mía.
Ella me pertenecía. Pero no aquella noche…
No fue azarosa la forma en que llegué a esa
habitación por primera vez, aunque así lo parezca, hace ya veinte años. Llovía
copiosamente. Si, la lluvia es la constante einsteniana de mi romance con la
vida (y con la muerte). El tránsito por la ruta se hacía peligroso. No pensaba
en detenerme, nada me detenía en mi juventud, sin embargo, la lluvia siempre
motivó cierta melancolía en mi persona, algo triste que me gustaba evocar y me
provocaba -aún lo hace- una euforia contenida, una mezcla extraña y exacerbada
por la distancia del hogar. Todos los factores se combinaron para que los
rescoldos de mi alma afligida encendieran al menos una mera motivación en esa
repetición de interminables y monótonos días.
Preocupado por saber cómo vivir, pasaba mis tardes
afligiéndome cual perfecto novicio, etapa ineludible en la madurez de cualquier
hombre, que a mí me sorprendió justo en ese pequeño poblado junto al mar donde
la lluvia me obligó a detenerme. La lluvia y mi corazón, que gustaba de los
impasses.
Café con leche y dos medialunas, le dije al mozo
mientras me acomodaba en la silla de ese bar venido a menos. El camarero me
echó esa mirada de desconfianza mezclada con expectación dedicada al único forastero
que habría de pisar ese lugar en años, como esperando que le contara algo de mi
vida, mi trabajo o lo que fuere que me hubiera arrastrado a ese paraje
inhóspito. Mirada que, por otro lado, despertaba en mí un sentimiento de
importancia, punto a favor de mi autoestima y de lo que fuera que me hizo parar
en aquel lugar.

Acabé con las medialunas guardándome el último
sorbo de café para saborearlo un rato después de haberme ido, como guiado por
un impulso hacia la playa desierta, para disfrutar un cigarrillo que me venía
guardando hacía ya, en mi percepción, incontables kilómetros de cinta
asfáltica. Caminé con el cigarrillo en la mano el par de cuadras que separaban
la ruta de la costa, preguntándome si la brisa húmeda, que asentaba una
finísima capa de agua en mi piloto arreciaría de cara al mar y si me dejaría
encender el tabaco. Grata fue mi sorpresa al comprobar que la orilla estaba
completamente quieta, con ese ánimo sosegado que mi alma había ido a buscar en
persecución de alguna epifanía fundamental del universo. ¿Epifanía?, pregunté
sorprendido.  Estefanía, me corrigió ella con una sonrisa.
Así fue la primera vez que la vi, junto a la
orilla, observando el mar en toda su inmensidad, tal como yo, aunque menos
generosa en cuanto al vestuario. Sus hombros desnudos eran gráciles y de una
blancura sobrenatural que se extendía hasta sus mejillas donde se podían
vislumbrar algunas venas, cualidad que, lejos de ser desagradable, le daba un
toque de fragilidad, como si un simple roce pudiera romperla. Una muñeca, me
dijo mi libido siempre atenta. Su lacia cabellera negra contrastaba con el
candor de su piel que, a pesar de su desnudez, no estaba erizada. La única
prenda, el vestido de lino blanco, parecía ondular desacompasadamente con
relación a la tenue brisa, como si ella viviera otra realidad en un hermoso día
ventoso. Tal elucubración hizo que su voz me tomara totalmente desprevenido.
Perdí su primera frase entre los pliegues del escote y acabé balbuceando una
aprobación a lo que ella hubiere dicho. Si dijo ¡qué hermoso día!, para qué
contradecir su agraciada forma de romper el hielo, la brisa helada, en este
caso. A medida que hablaba mi visión se concentraba más en el movimiento de su
boca y en sus ojos, de enorme profundidad, enfocándose en la borrosa mezcla que
era, para mí, el horizonte.
El día tocaba a su fin, el sol escondido bañaba las
nubes bajas con tintes carmesí. Las aguas, hasta entonces tranquilas, empezaban
a agitarse y yo no podía pensar en nada más que el peculiar sabor que tenía el
aire húmedo alrededor de ella. ¿Significaba esa fragancia lo que yo realmente
creía? La mujer despertaba cierta perversión en mí. En eso al menos soy honesto
conmigo mismo, o eso quiero creer. Con mucha dificultad me obligué a intentar
escucharla. Solo capté, sobre el final de la oración, ese hotel, ¿ves? Tiene
una hermosa habitación. Y comenzó a caminar por la blanda arena dejando sus
pequeñas huellas a modo de guía implícita para mi lobo instintivo. Si había yo
dicho algo, no lo puedo recordar, o no quiero, prefiero dejar ese momento
impoluto en mi memoria, con todas sus falsedades y sus posibles aportes
imaginarios. Así creo necesario mantenerlo para no perder la cordura. O la
locura, que es mi cordura. Mi yo consciente comenzaba a perderse en cualquier
atributo de esa mujer, y al mismo tiempo se iba diluyendo para transformarse en
un preciado tesoro ante el cual perderían significancia aquellas cosas que
eran, al parecer, generadoras de angustia. 
El recuerdo me atormenta. Esa noche, en esa
habitación, ella me entregó su alma. Cuando nos fundimos pude apreciar la
chispa de la vida. Pero en ella -toda sonrisa- no estaba. La mañana siguiente
me encontró solo entre valles y picos de sábanas con resabios de su olor.
Muchos años traté en vano de entender lo sucedido. A partir de esa noche todo
se tornó más confuso. Salí de la habitación y allí estaba el conserje de mirada
reprobatoria y apatía intolerable asegurándome que yo había pasado la noche
solo. Más no me sorprendí. Algo en mí me decía que no siguiera buscando motivos
para mi tribulación masoquista. Toda la eufórica melancolía que buscaba estaba
en la habitación número siete. 
Lo glorioso de la mañana y la sensación de tiempo
perdido me fascinaban y a la vez me  desquiciaban. El amor es locura, me
dije, no lo combatas. Pero huí, solo para hacer de mi vida el regreso eterno y
su consecuente espera, para cobijarme allí, ser su huésped, en esa habitación
donde podía sentirla, padecerla.
Mi relación con el conserje, lejos de conformar un
tácito acuerdo, alternaba entre caras largas y modestas sonrisas, emitidas cada
vez que yo volvía. No existía un patrón a seguir. Era exasperante para el
sector analítico de mi cerebro y absolutamente gratificante para el instintivo.
Yo sabía que esos encuentros con la diáfana mujer no respondían al orden
natural de las cosas
. Si afirmo que anhelaba solamente su contacto amoroso
o erótico, no diría una absoluta mentira, pues las noches de mar calmo, tras un
día de efímera primavera, hacíamos el amor platónico y subjetivo, no obstante
muy real y físico. No puedo explicar cómo, pues la experiencia era mucho más
abarcativa, incluso dialogábamos. Una vez me dijo que yo era su única conexión
con el mundo real, que me iba a enseñar la constante pena que era su vida -tal
como la mía-, salvo los momentos en que estábamos juntos. Y esa noche soñamos
juntos. Era la única manera en que yo sería especial y retendría el inestimable
valor que ella me regalaría. De esa forma, solo yo sabría cómo encontrarla
eternamente.
Retorno a aquella última noche y a la lúgubre
mirada del portero, a la indócil tempestad anímica y climática que acechaba
presagiando lo que ella me tenía preparado. Entré a la habitación completamente
indulgente, demostrando otra vez que toda supuesta madurez adquirida era apenas
una ilusión. Si eso era así, ya no podía confiar en mi propiocepción. Se
acabaron las certidumbres. Las confortables balsas donde navegaba mi autoestima
hacían agua por cada boquete conceptual que dejaban las nuevas reflexiones. La
experiencia fue nefasta, ominosa.
Pude sentir de primera mano sus percepciones, sin
embargo, no encuentro palabras para describir ese dolor infinito al cual yo
creía aliviar. Me encontré como una superflua bandita, incalculablemente
pequeña para la profundidad de la herida. Sin duda, no era una lesión que
pudiera sanar. Como siempre, sobreestimé mi papel en la vida de esa muchacha. O
en su muerte.
 Vagamente consciente, en un lugar yermo y
frío, físicamente imposibilitado de todo control, advertí que solo somos y
sentimos una ínfima parte de lo que éramos y sentíamos cuando vivos, para
siempre expectantes y a la vez para siempre decepcionados. Porque se sabe, con
cada ciclo, que esa expectativa jamás es cumplida. Nunca, es lo único que
parece certero. 
Unas sombras se acercaban hacia mí y otras se
alejaban. En ese momento sin tiempo percibí la dolencia de los que acompañan,
porque no se está solo, sin embargo, la compañía no es una hermandad en el
dolor sino algo que acrecienta el sufrimiento multiplicándolo por lo que los
otros sufren. Es una desesperanza cíclica e infinita dentro de un páramo
incierto de pura subjetividad, con la única salvedad del contacto entre
nosotros dos, como una presencia que va llenando de vastedad, adquiriendo forma
lentamente a través de los ciclos, no en un tiempo mesurable. Mi conciencia no
quería escuchar las molestas recriminaciones que mi propio yo le relativas a la
percepción del tiempo.
El conserje no me despertó, la mañana era gloriosa.
La luz del sol dibujaba contornos rectos en el aire y la bruma marina se colaba
por el resquicio de la ventana invitándome a ver el mar, que me llamaba con su
repetitivo murmullo. Me senté en la cama con una vaga sensación de pérdida. Las
antiguamente conocidas formas de la habitación adquirían misteriosamente
contornos nuevos. Las sombras se amortiguaban en las paredes como enmarcando el
momento en que la puerta se abriría. Tras el obnubilante fulgor del llavero,
como el lucero que precede a la noche, entraría ella, completamente vestida y
absolutamente mundana. Solo sus ojos reflejarían lo que buscaba.Soltaría sus
pertrechos sobre la cama y se aprestaría a salir nuevamente. Pero al llegar a
la puerta con el llavero en la mano, su mirada ciega se enfocaría en mi rostro
justificando todas y cada una de las acciones de mi vida.

Hola amor… dijo con lágrimas en los ojos, y cerró
la puerta tras de sí. Al instante de intentar acercarme para abrazarla, caí en
la cuenta de que las sombras me miraban, ahora comprensivas. Entonces supe que
allí nunca estaría solo, que ella era lo único que le daba sentido a mi
existencia, que allí mi melancolía tendría todo el alimento que quisiera
y  que aquel lugar sin tiempo era la habitación número siete. 
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2 comentarios en «Relato: La habitación número siete de Leonardo Aiello
«Existen lugares con imán emocional».
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  1. Felicidades hermanito, te salió un buen relato, con buenas imágenes y linda poesía visual, cargado , potente .Me gusto mucho, te abrazo

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