Relato: Las cien velas de Fernando Freire
«Un ancestral ritual japonés».

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Oriente, que hermoso continente. Lo cierto es que la cultura
oriental siempre me había gustado y atraído ¿Porqué no iba a hacerlo? Me
parecía una cultura más sensibilizada y humana que la occidental. La historia
que poseen los países de esa parte del mundo es mucho más rica que la del lado
global de poniente, o más bien, más interesante. Sin duda, si hubiesen tenido los
mismos intereses económicos, expansionistas y colonizadores que nosotros, hoy
el mundo sería muy distinto ¿Por qué iban a tenerla? Al fin y al cabo, lo que
buscaban los países occidentales era llegar a sus riquezas. A ellos no les
hacía ninguna falta moverse de donde estaban.

   De todos los países
de esa parte del mundo, siempre hubo uno que despertaba mi interés y curiosidad
más que cualquier otro, Japón. Yo, había dedicado gran esfuerzo y tesón en
terminar con buena nota los estudios que más me gustaban: ciencias políticas.
Luego, seguí formándome, estudiando y preparándome. Terminé mis estudios, mi
carrera. Llegó el momento de trabajar, pero ¿Dónde? Ese lugar resultó ser en
una embajada de mi país ¿Podríais adivinar, queridos lectores, a que país me
desplacé a vivir? Aquellos de vosotros que pensara en Japón habéis acertado. No
mostré muchos inconvenientes para irme por tan largo plazo al otro lado del
mundo, no señor. Ni familia, ni pareja, ni amigos me retenían en la tierra que
me vio nacer y crecer.

   Al principio de mi
estancia en Tokio todo me parecía extraño y nada acogedor. La total diferencia
cultural con occidente es desconcertante. Sencillamente estás pisando otro
mundo. Cualquier cosa o detalle que se os ocurra, cualquier mínimo
comportamiento cívico o público, allí se llevaba a cabo de una forma totalmente
contraria a la nuestra. En un primer momento fue duro adaptarme, lo reconozco,
siempre con miedo a poder meter la pata y ofender a alguien. Sin permitirme
ningún gesto o palabra espontáneos, calculando todo milimétricamente y con el
mayor cuidado. Emocionalmente fue una prueba agotadora. Tal vez algunas veces
llevé este comportamiento a un extremo preocupante, pero con el paso del tiempo
me adapté bastante bien.

   Su cultura empezó a
interesarme. Mis amigos del lugar siempre habían tenido mucha paciencia conmigo
para ilustrarme en tales menesteres. A medida que me sentía más integrado, más
aprendía y me relajaba. Mi curiosidad y carácter me llevaron a querer
profundizar, más que nada, en las inquietudes culturales de los japoneses. El
pueblo japonés siempre se me antojó más espiritual que cualquier otra cultura.
Respetaban completamente sus creencias espirituales y sus raíces culturales, a
la vez que tenían sus miras puestas en el futuro y sus avances tecnológicos.
Fue al sumergirme más a fondo en esta parte espiritual, cuando mi curiosidad me
llevó a conocer el inmenso panteón de fantasmagorías y almas atormentadas que
vagan por las tierras japonesas, en el limbo entre los muertos y los vivos. El
otro lado.La otra orilla de la cultura japonesa me absorbió rápidamente. Para
mí, cruzar la delgada línea que separaba ambos mundos se había convertido en un
ejercicio habitual. Mis conocimientos en este campo crecían día a día, con cada
investigación, con cada historia escuchada y anotada en mi cuaderno, con cada
sensación y pesadilla de las personas que decidían compartirlo conmigo.

   Ahora es cuando
llegamos al hecho que ocupará el resto de este pequeño recordatorio escrito.Cierto
día, un amigo que me había ayudado incontables veces con mis búsquedas e
investigaciones del Japón oculto, me aseguró que, mediante sus contactos, había
conseguido que los monjes de un extraño templo a las faldas del mismísimo monte
Fuji me aceptaran como invitado. Asistiría a una extraña ceremonia que en pocos
días tendría lugar en sus estancias. Mi querido amigo poco se dignó a
adelantarme. ¡Estaba tan seguro! Lo que vería allí iba a llamar tanto mi
atención que quiso que fuese una absoluta sorpresa.

   Llegó el día de mi
partida para ser testigo de tan oculta y extraña ceremonia. Tomé un tren bala
con destino a un pequeño poblado a las faldas del hermoso y venerado monte
Fuji. Una vez en mi destino, dediqué un cierto tiempo a disfrutar del paisaje y
de las amables gentes del lugar. Aproveché también para preguntar por mi
destino e informarme de lo que pensaban aquellas personas del templo y los
monjes, que serían mis futuros anfitriones. Los pueblerinos poco habían podido
decirme, su relación con los monjes era prácticamente inexistente. Los monjes
no se relacionaban con las gentes de los alrededores. Al parecer, eran algo muy
parecido a lo que en occidente se llama «de clausura». No sé si aquí la palabra
que utilizaban los japoneses se podría traducir exactamente así. Lo que sí me
aseguraron los aldeanos fue lo siguiente. Si quería llegar antes del anochecer,
debía apresurarme a seguir mi camino, porque todavía quedaba bastante. Me explicaron
incluso, que tendría que cruzar un lago de la zona para poder llegar a mi
destino. Apresurándome ya a partir, todavía estaría a tiempo de pedirle al
barquero que me llevara en su barca. No hubo ningún problema a ese respecto. El
barquero estaba dispuesto a llevarme hoy. No tendría que pasar la noche en el
pueblo. Habiendo acordado el precio del transporte, el barquero preparó su
barca y me invitó a subir ayudándome con el equipaje. Siendo consciente de la
inmensidad del lago que teníamos frente a nosotros, me animé a comenzar una conversación,
preguntándole si el trabajo que estaba llevando a cabo conmigo era habitual
para él. Me contestó lo siguiente: «Para mí, este trabajo se convierte en tan
habitual como respirar, las veces que en el templo se llevan a cabo esos
extraños rituales». Sus palabras me extrañaron, sin duda aquel barquero sabía
más que el resto de sus vecinos, o me habían engañado. Decidí pues, averiguar
lo que sabía aquel hombre y la conversación terminó siendo la siguiente:
—¿Usted, entonces, sabe cuáles son los rituales que se
llevan a cabo en el templo?
No, ni me
interesa saberlo, muchacho. Todos respetamos a los monjes que habitan el
templo. Los monjes viven toda su vida sin salir de su sagrado recinto,
dedicándola a que las almas que sufren y no pueden tener paz la encuentren. Eso
muchacho, eso es a lo que se dedican, todos lo sabemos, pero los rituales que
llevan a cabo para poder cumplir con su cometido solo les conciernen a ellos, y
a las personas allegadas de los espíritus o sus familiares. También las
personas afectadas por ellos, claro.
Comprendo,
usted es el encargado de transportar a las personas que necesitan de esos
servicios al otro lado del lago, por eso me decía que para usted esto es tan
habitual como respirar cuando se lleva a cabo algún ritual.
—Sí, así es muchacho, pero no me refería concretamente a
eso. Es rara la persona que busca la ayuda de los monjes. Aun así, hay gente
que se acerca a solicitarla.Lo cierto es que yo me refería más concretamente a
un «ritual» en concreto. No sé de qué se tratará, pero lo que sí sé, es que
para llevarlo a cabo se desplazan hasta aquí gente de todo el país. Al parecer,
para poder llevarlo a cabo se necesitan ni más ni menos que a cien personas. Yo
soy el encargado de transportar al otro lado del lago a parte de esas personas
que quieren llegar al templo por este camino. También hay otros que viene del
norte y rodean el monte Fuji. La gran mayoría de esos viajeros deciden llegar
por este camino, y a lo largo de estos días ya he transportado a muchos. Lo que
yo desconocía es que pudiesen participar extranjeros en el ritual.
—Y no podemos. Yo he venido simplemente como observador de
tan extraño, y parece que famoso ritual, pero debo admitir que de momento me
encuentro en la misma situación de desconocimiento que usted, en lo referente a
lo que me encontraré cuando llegue.
—Bueno muchacho, lo cierto es que yo no
lo sé, a pesar de ser el encargado del transporte de los viajeros, por el
importante hecho de que he respetado siempre el hermetismo del templo, a sus
monjes y a sus visitantes. También creo que hay cosas que no son necesarias
conocer. Como ya te he dicho, no me incumbe. Ahora bien, en vista de que ahora,
hasta los extranjeros podéis observar tan raro acontecimiento, tal vez me anime
a preguntarle de que se trata cuando vuelva para hacer el camino de regreso.

La conversación siguió por bastante más rato, dado que el
barquero, como único medio de propulsión, utilizaba un remo que sobresalía por
la popa de la barca y que movía constantemente de izquierda a derecha, y
tardamos bastante en alcanzar nuestro destino.

   La otra orilla del
lago la recuerdo como un lugar idílico. Delante de mí, un inmenso bosque de
bambú se erguía impasible y arcaico. Por entre las cañas de bambú se podía
apreciar un estrecho camino que el barquero me había asegurado «era el camino
más rápido para llegar al templo». Cogí mi equipaje y comencé a seguir el
estrecho camino.Solo tras haber recorrido unos metros, un claro se abrió entre
el bambú y pude ver delante, alzándose majestuoso, custodio del camino,
frontera del mundo racional y mágico, un enorme Torii de color rojo. Sin duda el templo estaba cerca. Los pájaros
que se posaban en esta estructura eran los primeros en darme la bienvenida con
sus alegres y dulces cantos. Decidí tomarlo como una buena señal. Por un
momento mis inquietudes se disiparon y atravesé el umbral de ambos mundos,
señalizada por aquella imponente estructura bermellón. No hizo falta caminar
mucho para que delante de mí, surgiese un impresionante templo sintoísta bañado
por la escasa luz del ocaso: mi destino. De un solo piso de altura, pero grande
en extensión, aquella estructura era exactamente la que se podía esperar de
este tipo de templos, salvo por algunos singulares detalles. La estructura
principal estaba formada por una enorme superficie perfectamente cuadrada,
elevada sobre un gran lago gracias a pilares de casi diez metros de altura,
esto le confería un aspecto imponente a pesar de que solo contaba con una planta
habitable, flotando sobre el lago eternamente. No menos imponente eran las
columnas y balaustradas que contorneaban la parte habitable del templo y daban
en rematar en las vigas horizontales que afirmaban el techo, dotando al templo
de una gran balconada en todo su recinto. Ensimismado con lo que estaba viendo,
no me di cuenta de que un monje descendió las únicas escaleras que dan acceso
al templo y me saludó. Vestía un impresionante kimono de color blanco como la
nieve y su cabeza estaba totalmente rapada. Muy cortésmente se ofreció a
llevarme el equipaje. En un principio reusé su ayuda, aunque la insistencia del
monje y mi temor a llegar a ofenderlo tras tanta insistencia, le hicieron
salirse con la suya. Juntos ascendimos las escaleras hasta llegar a la gran
balaustrada, para cruzar las enormes puertas, ya abiertas, que daban a un
espacioso recibidor. El amable monje, dio el testigo a otro compañero que se
encontraba allí. Mi nuevo guía—llevando mi equipaje— se dispuso a conducirme a
lo que sería mi habitación. Cruzamos antes de llegar, un incontable número de
estancias y una especie de terraza que rodeaba un jardín interior, situado en
el mismo corazón del templo. En una de las puertas correderas que daban al
jardín, se encontraba la que sería mi habitación. Se trataba de una pequeña estancia
que solo ocuparía yo—cosa que me llamó la atención, dada la alta afluencia de
gente que se alojaría al mismo tiempo en el lugar, para participar en el ritual—
y agradeciendo su amabilidad al monje, me dejó solo para que me instalara,
prometiendo venir a recogerme a la hora de la cena.

   Los siguientes días
fueron maravillosos. Los monjes, salvo algunas estancias que no me estaban
permitidas pisar, me alentaron a disfrutar de plena libertad: los momentos de
meditación en el jardín, los paseos por el gran balcón que rodeaba el templo…
incluso me animé a pasear por el bosque de bambú y alrededor del lago que se
encontraba bajo el templo. Todo esto tenía lugar mientras los participantes del
ritual, que todavía quedaban por llegar después de mí, lo iban haciendo
gradualmente. Al final de unas semanas, la tranquila y retirada vida de la que
se disfrutaba en el templo, iba dejando paso a una convivencia de cien personas,
sin contar a los monjes y a mí. Los tranquilos paseos y las meditaciones
solitarias dieron paso a los constantes saludos y conversaciones casuales entre
distintas personas venidas de todo Japón, pero este hecho se fue difuminando y
olvidando poco a poco, porque cada vez más, mi mente no podía evitar dar
vueltas a como sería ese extraño y desconocido ritual que se llevaba a cabo en aquel,
no menos, misterioso templo.

   Había llegado el
día. Una vez oculto el sol tras las montañas, los cien hombres que
participarían en el ritual comenzaron a reunirse en la grandísima y alargada
estancia que usábamos todos como comedor. Los hombres se colocaron en dos filas
de cincuenta una frente a la otra, y todos tenían una vela encendida frente a
ellos, única fuente de luz de toda la impresionante estancia. Cuando todos se
acomodaron en su lugar, los monjes me invitaron a que ocupara un confortable espacio preparado
especialmente para mí. El monje que me acompañó a mi rincón, una vez estuve yo
acomodado, se dispuso a imitar a sus compañeros y se colocó de pie detrás de
los hombres que se encontraban ya colocados de rodillas en sus futones y listos
para empezar. El primero de aquellos cienhombres comenzó a contar una historia,
cuyo protagonista era un fantasma japonés, un Seikatsurei, el fantasma de una persona que todavía no sabe que ha
muerto y vaga por el mundo de los vivos como si lo estuviese. Una vez el hombre
terminó su historia, de un fuerte soplo apagó su vela. El siguiente,
inmediatamente después de terminar su compañero, se dispuso a hacer lo mismo, y
así lo hizo. En ese momento comencé a entender lo que estaba presenciando y no
pude sino dar gracias al amigo que había hecho posible que yo pudiese ser
testigo de uno de los rituales más extraños y arcaicos de todo Japón, y
posiblemente de todo el mundo. Este ritual, como si se tratara de una ouija ancestral, consiste en que cien
personas se reúnan en una misma estancia iluminada únicamente por cien velas,
que irán siendo apagadas a medida que la persona que la tiene delante termine de
contar un relato de terror. La creencia dice que, si se ha hecho bien, una vez
terminadas todas las historias y apagadas todas las velas, un espíritu japonés
podrá ponerse en contacto con las personas que han llevado a cabo dicho ritual.
Mi emoción iba en aumento a medida que aquellos hombres relataban sus historias,
e incontables fantasmas parecían cobrar vida a medida que sus descripciones
eras narradas, mezclándose mi imaginación y las extrañas sombras, que
proyectaban las velas de la estancia en sus paredes, ricamente decoradas con
las figuras de espectros de la cultura nipona. Minuto a minuto, vela a vela, el
aterrador desfile de espectros de la cultura japonesa me estremecía de terror.
Yo, apartado de todos como simple observador y oyente, no podía hacer nada más
que escuchar totalmente impresionado por la fuerza de las historias que
llegaban a nuestros oídos y resonaban en un leve eco por toda la enorme
estancia. El Jikininki, con su
apetito insaciable, el botan Dôrô, el
Banchô Sarayashiki, el Kanashibari, el Teke—teke, el Onryô… Viejos
conocidos eran nombrados, relatadas sus historias, y yo no podía hacer más que
escuchar absorto. Así las palabras eran pronunciadas, las velas apagadas con un
fuerte soplo y la oscuridad se iba haciendo la gran protagonista de la sala. El
último punto de luz relucía tenuemente dispuesto a ser testigo del último
relato de la noche. Comenzó el relato. A pesar del incontable tiempo que
llevábamos allí reunidos y escuchando—algunos no habían cambiado de posición
desde que empezamos, tal era su tensión y concentración—todos se mantenían
expectantes al posible resultado del ritual.La última historia había empezado a
ser relatada y pronto estaríamos en total oscuridad esperando un posible
contacto paranormal. Nuestro narrador terminó—a mí me latía fuertemente el
corazón y creo que a los demás posiblemente también—y de un fuerte soplido
apagó la vela quedándonos totalmente a oscuras. Comenzaron a oírse el soplar
del viento contra las paredes exteriores, algunos murmullos bajos generalizados
y susurros de otros pidiendo silencio y concentración. Estuvimos, creo
recordar, como cerca de unos dos minutos en esta situación, hasta que un monje
bastante mayor y que se había mantenido de pie todo este tiempo junto a sus
compañeros, encendió una vela y los demás monjes le imitaron. No tardamos en
volver a contar con claridad en la estancia y pude apreciar un clima
generalizado de decepción. Podía comprenderlo, por un momento yo también
esperaba que pasara algo, no sé exactamente lo qué, pero algo. Unos minutos—y
algún que otro cambio de impresión con algún compañero—después, decidimos por
unanimidad retirarnos ya a descansar y mañana comentar lo sucedido con más
calma. Así lo hicimos.

   Me dispuse a correr
la puerta de mi habitación y a entrar en ella. Todo estaba como lo había
dejado.  Mi futón había quedado listo
antes de asistir al ritual, de ese modo, tras acabar, solo tendría que ponerme
mi ropa de dormir y acostarme. Una vez guardada mi ropa y objetos en el
armario, que contaba con el mismo tipo de puertas correderas que la entrada, la
estancia contaba con cierto aire espartano. Lo único que se podía ver en ella
era el futón y una antigua lámpara, directamente colocada en el suelo junto al
futón, que contaba con un fino cordelito del que debía tirar para encenderla o
apagarla y que surtía a mi improvisada habitación con la única luz con la que
se podía contar en plena noche. La ropa estaba recogida, mi cansancio comenzaba
a ser importante, así que sin más historias me metí en el futón y me tapé con
las mantas. Apagué la lámpara.Dándole vueltas a lo que había visto aquella
noche, no tardé mucho en quedarme dormido.

   No había pasado
mucho tiempo hasta que un gélido frío me despertó de golpe. Pasando
paralelamente la mano a poca distancia del suelo, pude encontrar la lámpara en
plena oscuridad y tirar del fino cordelito, así la luz iluminó toda la
habitación. Descubrí que las mantas se habían deslizado por el suelo y estaba
totalmente destapado. Me pareció extraño, pero lo achaqué a mi costumbre
demoverme constantemente en la cama, por lo que me incorporé, me volví a tapar
y me dormí.

Pasado un intervalo de tiempo, esta vez no solo me había
despertado el frío.Pude notar también, una fuerte presión en mi tobillo
izquierdo y un dolor —parecido al producido por una quemazón— en mi costado
derecho. Me pareció sumamente extraño ¿Qué demonios estaba pasando? En un
ligero estado de duermevela, extendí mi brazo derecho para poder encontrar la
lámpara en la oscuridad, pero para mi sorpresa, la lámpara no aparecía. Esto ya
fue lo que terminó por espabilarme. Ya despierto de todo, me desplacé a gatas
por la habitación en completa oscuridad un buen rato, hasta que toqué con las
manos la colcha del futón ¿Un momento, si la cama está aquí, donde puñetas he
estado durmiendo yo? Haciendo fuertes aspavientos con las manos, terminé por
encontrar la lámpara. Pude escuchar la bombilla dar contra el suelo de la
habitación. Por un momento pensé que la había roto, pero no había sido así. Con
tacto, pude notar donde estaba el cordelito, y tirando de él encendí la luz. La
habitación estaba como la primera vez que me había despertado, inmediatamente
eché mano a mi dorso derecho y pude ver, ahora ya con luz, como estaba
totalmente rascado, como si me hubiese arrastrado por el suelo de la
habitación. Intenté incorporarme y mi tobillo izquierdo me dolía. Bajé la vista
por la pierna y descubrí el motivo de tal dolor.Una marca amoratada me rodeaba
totalmente el tobillo, como si hubiese estado atado durante mucho tiempo y las
cuerdas hubiesen dejado su huella.

   Tal vez fuese la
sugestión. Tal vez los nervios o expectativas que me había causado el ritual de
«las cien velas», pero aquella situación comenzaba a ponerme nervioso. Lo
cierto es que no sabía muy bien lo que debía hacer a partir de ese momento.
Estaba asustado porque no podía explicar qué era lo que me había pasado.

   Me tomé mi tiempo. Al
final me incorporé para poder avisar a uno de los monjes, para me ayudaran con
las heridas del costado y el tobillo. Por encima del pijama me vestí la bata y
con paso firme me dirigí hacia la puerta corredera de la habitación. Eché mano
al marco, por la muesca hecha para poder introducir los dedos y correrla. Por
un momento vacilé en abrirla y solo a fuerza de repetir que no pasaba nada,
pude abrir la puerta corredera y salir al exterior. Debo confesar que la razón
para molestar a esas horas a los monjes se debía más bien al hecho de estar
solo que al dolor de las heridas. El no saber cómo me las había hecho era una
de las razones más poderosas para mi desmedida inquietud, y esa es una forma
muy suave e infantil para describir lo que sentía. Podía notar la templada
temperatura de las tablas de madera que conformaban el suelo del pasillo
exterior que daba al jardín interior del templo y que formaba un cuadrado
perfecto. La luna se encontraba totalmente llena, con su blanquecina luz
iluminaba tenuemente todo el espacio abierto al exterior. En ese momento me di
cuenta de que, al parecer, ese era uno de los requisitos para poder llevar a
cabo el ritual con éxito y no pude más que esbozar una sonrisa burlona, no solo
por el fallido resultado del mismo, sino también porque era una de las formas
de quitar hierro a las vivencias de las que acababa de ser protagonista y a las
que no podía por más que quería, darles una explicación coherente.

   En este deambular
por las periferias del jardín —hacia la parte de la estrecha terracita donde
podía acceder al pasillo que me llevaría a la zona habitada por los monjes—
comencé a notar una presencia que no podía ver, pero que el resto de sentidos
me indicaban que estaba allí. Podría ser que, en mi estado de nervios, aunque
bien disimulado, mi adrenalina y sentido de peligro me estuviesen jugando una
mala pasada ¡Podría ser! Lo cierto es que mientras dormía algo me había atacado.No
lo había soñado.Las marcas estaban en mi cuerpo y eran la única muestra física
y palpable de que no me estaba volviendo loco. << ¡Un momento! Sí, no hay
duda, en este jardín hay alguien más. No estoy solo. >>. Eso fue lo que
pensé en aquel momento, pero en todo el tiempo que había dedicado a la búsqueda
de historias del Japón más oculto y propio, jamás llegué a imaginar que vería
lo que estaba a punto de ver en cuanto alzase la vista al negro firmamento,
tenuemente iluminado por la gran luna.

   Mi cabeza se alzó,
mis ojos enfocaron y… ¿Qué demonios era lo que estaba viendo, Dios Santo? Una
extraña y deforme figura humanoide se retorcía en un incontable número de
posiciones retorcidas y antinaturales. La silueta, a pesar de tan aberrantes
espasmos y contorsiones, todavía reflejaba algo de humano en sus ademanes más
pausados.Situada sobre el tejado, delante de la luz de la perfecta redondez de
la luna, aquella figura parecía querer desplazarse hacía algún lugar concreto.
El pánico se apoderó de mí. Mientras caía de espaldas al suelo, sin darme
cuenta o notar el más mínimo golpe, la figura, en espasmódicos balanceos, se
retorció hasta adentrarse en el alero del tejado que delimitaba el jardín
abierto al aire libre ¿Qué puñetas quería aquella figura, ir a por mí? Era
evidente que la figura no podía ser humana, tal vez algún día lo habría sido,
pero ya no. A sus aberrantes contorsiones había que añadir el hecho de que la
gravedad parecía no afectar a aquel ser, espectro o lo que fuese. Con el mismo
movimiento de araña y mezcla de reptil con el que conseguía desplazarse, se
arrastró por el alero del tejado hasta que consiguió tocar la pared, por la que
se deslizó boca abajo, llevando a cabo los mismos asquerosos gestos. Provenientes
de la figura, podían apreciarse perfectamente los sonidos que producía su
cuerpo siendo arrastrado por las paredes y vigas de madera, pero más
concretamente, el fuerte golpe dado contra el suelo tras el descenso por la
pared. La misma pose atroz que se recortaba hace unos minutos en la gran
silueta redonda de la luna llena, se hallaba ahora frente a mí, al otro lado de
la pequeña terracita que rodeaba el jardín. En ese momento, todavía paralizado
por el miedo y la incredulidad, observé más atentamente el rostro de la figura.
Esto pudo ser porque nada más impactar contra el suelo, con las palmas de la
mano tocando el suelo al igual que su pecho, levantó la cabeza y su rostro
quedó al descubierto, al alzarlo de tal modo, que el cabello negro como el
carbón, se deslizó hacia los lados de la cara. Su rostro era blanco como el
papel. Sus ojos, a pesar de contener rasgos orientales, se mantenían abiertos
de una forma forzada y desmesurada, hasta el punto de parecer totalmente
redondos,Su boca también se encontraba muy abierta, con los labios fuertemente contraídos,
como queriendo pronunciar una continua «O» todo el tiempo. Su cabeza comenzó a
ladearse muy despacio, pero con pequeños y continuos espasmos, como si le
costase hacerlo, para finalmente clavar su inerte mirada en mí.

   Un golpe de terror
sacudió todo mi cuerpo, peor que cualquier golpe. Seguía tirado en el suelo,
aterrorizado, clavado, como si la fuerza de la gravedad se hubiese acrecentado
hasta el punto de impedirme cualquier movimiento. Eso pensaba yo, hasta el
momento en que, de la garganta de la terrible criatura, empezó a asomar un
frágil e imperceptible sonido que en un principio no pude reconocer y que a
medida que aumentaba el tono se hacía más gutural y áspero. Ese sonido,
extraído de lo más profundo de la garganta, se hacía más grave si cabe, debido
a la posición estática de los labios de la criatura en forma de círculo, pero
lo que finalmente me hizo levantar del suelo como activado por un invisible
resorte, fue el repentino arranque de la criatura hacia mí, con los mismos
antinaturales movimientos con los que había bajado del techo del templo.

   Mi arranque fue
instantáneo, acorde con el de la criatura. Mi primera idea había sido dirigirme
directamente a mi habitación, pensando en escapar de tan atroz visión. Nada más
entrar en la estancia, mi impulso consistió en cerrar la puerta corredera
rápidamente y sujetarla fuertemente agarrándola por la parte trasera del marco
de la hoja que quedaba por dentro, y así, cualquiera que ejerciera fuerza por
la parte exterior introduciendo los dedos en el hueco para abrirla, ya fuese
humano o espectro, carecería de fuerza para hacerlo. Así me quedé, sujetando
aquella puerta como si mi propia vida dependiera de ello, en silencio,
intentando escuchar atentamente si el espectro o lo que fuese se acercaba a la
habitación. El sonido de los grillos era lo único que se escuchaba del otro
lado, pero yo seguía ejerciendo la misma fuerza a la puerta, hasta que mis
brazos comenzaron a flaquear. En el momento en el me decidía a soltar la puerta
por fin, lo volví a escuchar, el mismo sonido gutural y los golpes en el suelo.
Mi corazón casi se para en ese momento, y mis brazos cansados volvieron a
ejercer más fuerza si cabe, en el único obstáculo que me separaba de aquel espectro:
la puerta. Los golpes cada vez sonaban más cerca, al igual que su aterrador
quejido de ultratumba, hasta el punto en que ambos sonaban tan cerca que se
notaba que provenían justo del otro lado de la fina lámina, tan fácil de correr
de un solo tirón. « ¿Quién sabe lo que podría hacerme si consigue atravesar el
umbral de mi habitación?» Fue lo que pensé en aquel momento, y se apoderó de mí
un terror que ya, ahora sí, me resultó imposible controlar. La puerta comenzó a
temblar, y una fuerza del otro lado —el espectro, quien sino—intentaba abrir la
puerta. Ese, si mal no recuerdo, fue el momento en que comencé a gritar «DÉJAME
EN PAZ, MALDITA SEA, QUE DEMONIOS TE HE HECHO YO, VAMOS VETE DE UNA MALDITA VEZ».
Las lágrimas resbalaban por mis mejillas y mis sollozos se hacían cada vez más
intensos, cuando la fuerza que se ejercía sobre la puerta parecía remitir.Solo duró
un instante, hasta que volví a notar la misma fuerza intentando abrir, entonces,
empecé otra vez a hacer fuerza y volví a gritar: «NO, DÉJAME EN PAZ, POR FAVOR.
POR FAVOR, VETE YA». Esta última súplica la hice entre sollozos bastante
fuertes, cuando de repente, una voz que provenía justo del otro lado de la
puerta me habló en perfecto japonés: «oiga, somos los monjes, solo queremos ayudarle
¿Se encuentra bien? Abra por favor» ¡Por fin! Todo había pasado. Dejé de hacer
fuerza con mis agotados brazos y los monjes abrieron la puerta, entraron para
ver cómo estaba y qué había pasado, y me ayudaron a incorporarme. Al principio
no me atrevía a contarles el “pequeño incidente” del que acababa de ser
protagonista, y menos todavía, cuando observé como en el jardín empezaba a
haber un gran número de gente que intentaba averiguar el motivo de tanto
griterío y revuelo. Los monjes seguían insistiendo en que les explicara que
había pasado y «si había visto o experimentado algo». Fue tal la insistencia de
todos —no solo de los monjes—y el estado de shock en el que me encontraba, que
no tardé en contarlo todo. La mayoría de los presentes se sorprendió de lo que
había contado, otros asintieron y se mostraron satisfechos, como si el ritual
que habían venido a llevar a cabo desde todos los rincones del país, al final,
hubiese salido bien.

   El resto de esa
noche no volvió a pasar nada extraño, y mucho menos sobrenatural. Tampoco la
pasé solo. Un grupo de monjes me acompañaron en todo momento en la habitación,
aunque no pude volver a pegar ojo. Con los primeros rayos de sol ya tenía
preparado el equipaje que había traído para poder dejar el templo después de
desayunar. Los monjes se mostraron muy correctos, como si lo pasado la noche
anterior hubiese sido de lo más natural. El resto de personas que allí se
encontraban y que habían ido para llevar a cabo el ritual, se mostraban más
curiosos y me bombardeaban a preguntas. El caso es que a nadie le extrañó que
yo fuese el primero en abandonar el templo tras el ritual. Todos allí se
comportaban como si lo ocurrido la noche anterior hubiese sido lo más normal
del mundo, eso teniendo en cuenta que ninguno dudó en ningún momento de mi
increíble historia, al fin y al cabo, a eso habían ido al templo, a llevar a
cabo un ritual para contactar con un espectro japonés. Para ellos así había
sido.

Me despedí de los amables monjes que me habían acompañado
hasta el lugar donde estaba situado el Torii de color rojo. Sin mirar
atrás, luego de cruzar por debajo de aquella estructura roja y salir de los
límites del influjo y los terrenos del templo, me sentí más tranquilo. Avancé
por el estrecho camino entre el bosque de juncos y no tardé en alcanzar el
claro que me indicaba que estaba ya al pie de las orillas del lago. Justo en el
mismo lugar en el que me había despedido de él la primera vez, se encontraba el
barquero esperándome, para trasportarme a la orilla de la civilización, y de
paso, durante la travesía, aprovechar para que le contase en qué consistía el
famoso ritual que acababa de presenciar.En principio esa era su intención, pero
lo cierto es que el pobre hombre se quedó con las ganas de que se lo contara y
atravesamos el lago en completo silencio. Al barquero le bastó un simple
vistazo a mi demudado rostro para saber que era mejor no preguntar.

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