Relato: Misa de difuntos de Fernando Freire
«Un relato escalofriante. Ojo no te topes con una de ellas».

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   No soy persona dada a los cuentos, tampoco a
las exageraciones ni a los chismorreos. Por supuesto, mucho menos a buscar la
felicidad en el fondo de una botella de cualquier bebida alcohólica. Toda mi
vida he sido una persona sencilla y humilde que trabaja duro diariamente y
disfruta de las sencillas cosas de la vida. Todo esto no es pura palabrería,
mis amigos y vecinos pueden corroborar lo que digo. Nunca me habían preocupado
los temas paranormales de cualquier índole. No porque los descarte o no los
crea posibles, simplemente, tengo otras preocupaciones más mundanas que
reclaman mi atención y tiempo. Hasta el día en que fui testigo de algo
totalmente insólito e increíble, que trataré de contar lo más veraz y exacto
posible a los hechos ocurridos aquella lejana noche donde, una persona humilde
y que no gana nada con inventarse una historia como la que protagonicé, fue
testigo de lo imposible.

   Permítanme que omita mi nombre o el nombre
del pueblo en el que sucedieron los hechos, estoy seguro de que la gente sabrá
entenderlo. Lo que sí estoy dispuesto a decir es que tuvo lugar en uno de los
muchos pueblos que se encuentran en el interior de Galicia. Una noche, como
podría ser otra cualquiera, quedé de antemano en reunirme con mis amigos en el
bar del pueblo, como hacíamos habitualmente, después de salir de trabajar. Ese
día, dado que al siguiente sería festivo, no tendríamos que acudir al trabajo,
lo que nos animó a quedarnos en el bar y retomar nuestra partida de cartas.
Entre mano y mano de escoba y otros juegos, y he de confesar que alguna que
otra botella de vino —entre todos claro—el tiempo discurría alegremente. Como
siempre, nada extrañó. Las horas pasaban y los clientes se iban retirando a sus
casas, hasta que solo quedamos mis compañeros de juego y yo. Al mismo tiempo,
el dueño del bar y amigo nuestro, terminaba de recoger, colocaba las sillas
encima de la mesa y barría el suelo. Nosotros apuramos nuestra última mano y
vasos de vino. Una vez terminada la partida, dependiendo de las manos de cartas
que se ganaran o perdieran, cada equipo pagó las rondas que le tocaba y
decidimos irnos, cada uno a su casa. De todas las personas que estábamos allí,
a la puerta del bar, en el exterior, intercambiando comentarios antes de
despedirnos e ir a dormir, yo era el que más lejos vivía de todos. Ninguno se
ofreció a acompañar a nadie hasta su casa por haber bebido de más o por las
horas intempestivas que eran, todos habíamos bebido más o menos la misma
cantidad de alcohol y hecho la misma caminata a horas parecidas de la madrugada.
Era un pueblo tranquilo y donde todos nos conocíamos ¿Qué podría pasarnos a
cualquiera de nosotros? Absolutamente nada, como siempre.

   En esa caminata donde nos dirigíamos a
nuestras casas, lo cierto es que algunos seguimos juntos, por el simple hecho
de que la casa de uno quedaba a medio camino del siguiente a nosotros. Así
hasta que solo quedé yo en la calle, caminando hacia mi casa. La noche era
calurosa y, a pesar de que mi reloj marcaba cerca de las tres de la madrugada,
mi paso era pausado. Lo único que se podía escuchar a esas horas en la calle
eran los cantos de los grillos en los campos cercanos y ladridos de perros
cuando pasabas próximo a los muros de alguna vivienda. Seguí caminando igual de
tranquilo hasta llegar delante de la iglesia del pueblo. Me detuve a observar
aquella antigua estructura, algo me decía —llámese instinto, corazonada, o lo
que se quiera— que algo no era normal, en aquel preciso momento, en torno a la
iglesia que ahora recuerdo perfectamente, como si la tuviese delante. Como
queriendo buscar la respuesta a una situación extraña que sentía, pero que
todavía no había captado con alguno de los cinco sentidos que nos permiten
interactuar con nuestra realidad, me acerqué a la puerta, y entonces sí, pude
apreciar un detalle que no se debería estar produciendo en el interior de la
iglesia, al menos a esas horas. Pude ver claramente como por debajo de las
hojas de la puerta, resplandecía un finísimo halo de luz procedente del
interior. Me sobresalté pensando en posibles ladrones, esa fue la primera idea
que se me cruzó como un rayo por la mente, aunque la descarté en seguida, aquel
silencio y tranquilidad que se podía notar en el ambiente desde el exterior, me
hizo descartar con rapidez esa posibilidad. De inmediato tuve una segunda idea.
Pensé que sería la muerte repentina y todavía desconocida de algún vecino que,
por cualquier motivo o petición de los familiares, se velaría en la iglesia
hasta que por la mañana tañeran las campanas y todos pudiésemos acudir a misa
por el difunto. Meditando en lo poco descabellada que parecía esta conclusión,
decidí rodear andando la iglesia para intentar ver —a través de los estrechos y
alargados orificios que actuaban como ventanas en las construcciones románicas—
si podía ver a alguien conocido y averiguar quién era el muerto. Por este
motivo, comencé a rodear la iglesia y descubrí, que la luz que emanaba del
interior, era igual de intensa en todo el edificio. Absolutamente todas las ventanas
estaban igual de iluminadas. Se podía apreciar como reflejaban la luz en el
suelo, asemejando sea un halo celestial que desprendía la iglesia desde el
interior por algún ser divino o angelical. Todavía no comprendía muy bien lo
que estaba pasando en el interior, pero sin duda allí tenía que haber gente y
no me atrevía a entrar por temor a interrumpir o molestar, en una situación en
la que los familiares del vecino fallecido querían estar solos velando a su ser
querido ¿Qué otra cosa podría estar pasando allí dentro? Puede que no tuviese
la suficiente desvergüenza para entrar y averiguar quién era el difunto, pero
yo no me iba a dormir sin saber de quién se trataba. Me asomé muy
cautelosamente a uno de los estrechos y alargados orificios ya mencionados, que
se encontraba lo suficientemente bajo como para permitirme ver sin mucha
dificultad. Lo que pude ver entonces, fue el tan conocido interior de la
iglesia perfectamente iluminado por una gran cantidad de velas desperdigadas
por el altar y colocadas en altos y labrados candelabros de la altura de una
persona. Objetos que yo nunca había visto en nuestra iglesia anteriormente. El
sacerdote, vestido con una colorida sotana y lo que parecía una inmaculada
capucha blanca, se encontraba de espaldas a las bancadas, observando el altar
justo delante de la mesa de piedra que corona los escalones. Este hecho me
pareció muy extraño, no parecía nuestro párroco, ni por las vestimentas ni por
su extremada delgadez. Las personas ataviadas de luto que ocupaban las bancadas
de la iglesia estaban arrodilladas y con la cabeza agachada, como en posición
de rezo o súplica. No pude verle la cara a nadie, tampoco ningún féretro con un
cuerpo al que velar, sencillamente porque no lo había, y ni el cura ni las
personas que allí se encontraban supuestamente rezando, todos ataviados de
negro y con capuchas, me recordaban a nadie del pueblo. Además, teniendo en
cuenta la cantidad de gente que acudía a esta supuesta misa nocturna, tenían
que haber estado presentes casi la totalidad de mis vecinos.

   Llegado
a este punto, sin más preámbulos ni remilgos, decidí entrar en la iglesia y
averiguar que tipo de misa se estaba celebrando a las tres de la madrugada, y
también, de paso, ver quiénes eran las personas que rezaban en el interior.
Mientras me dirigía a la puerta me sobresaltó la idea de lo extraño que parecía
todo aquello y si realmente valía la pena entrar y averiguar de qué se trataba
todo aquello. Tal vez sería mejor volver a mi casa, y mañana por la mañana,
preguntarle a nuestro cura que había pasado en la iglesia aquella misma noche.
Me detuve, dudé, pero finalmente me dije: «Que demonios ¿Por qué no voy a
entrar? Al fin y al cabo, es una iglesia. Esas personas, sean quienes sean,
solo están rezando, me uniré a ellas unos minutos, para poder saber que está pasando
y luego me iré a dormir». Reanudé entonces mis pasos hacia la puerta hasta que
llegué a ella. Bajé la vista para poder ver bien donde estaban las manillas que
me permitirían abrir una de las hojas. Entonces, pude volver a observar el
mismo haz de luz brillante y alargado que se colaba por debajo de las hojas de
la puerta y que me habían indicado al principio que algo extraño estaba
sucediendo. Volvía a tener la misma sensación de desasosiego que al principio,
como si aquel no fuese mi lugar y tuviese que irme, pero mi determinación, a
pesar de estos sentimientos de temor a lo que pudiese encontrarme dentro, era
más fuerte, y en un momento de valor, tiré de las manillas, abrí una de las
hojas de la puerta y entré.

   En un primer momento, la luz me cegó, pero
una vez que mis ojos se acostumbraron, me di cuenta. Lo que me parecía una brillante
luz que emanaba del interior de la iglesia gracias a las innumerables velas que
había desperdigadas por el altar y los grandes candelabros, en realidad no era
tan luminosa, sino que apenas alcanzaba para mantener la bóveda principal
tenuemente iluminada. Cerré la puerta muy despacio —al contrario que mi abrupta
aparición, de la que nadie parecía haberse dado cuenta— para evitar interrumpir
a toda aquella concentrada gente que no paraba de rezar, sin mover ni un solo
músculo. Un fuerte olor a vela de cera y a humedad impregnaba el ambiente, esta
vez de una forma más intensa de lo habitual. Me acerqué a la pila de agua
bendita que había al lado de la entrada, mojé la punta de los dedos y me
persigné. Comencé despacio y disimuladamente a avanzar por el pasillo central,
dejando las bancadas donde estaba rezando aquella extraña gente a mi izquierda
y derecha. Nadie parecía interesarse por mi presencia. Todas las figuras
enlutadas que allí había, estaban en la misma posición, de rodillas y con las
manos juntas, rezando. Fijándome más detenidamente, pude apreciar que casi
todas estas figuras sujetaban algo, mientras entre murmullos recitaban sus
oraciones. En casi todas las manos podían apreciarse rosarios, algunos, por su
aspecto, parecían bastante antiguos. Los había blancos como las perlas,
marrones, perfectamente tallados y barnizados. Otros eran de color negro,
hechos de lo que a primera vista parecía azabache. No me detuve, seguí como
hipnotizado, hasta llegar a la altura de los primeros bancos comenzando por el
altar. Algo me decía que aquella situación no estaba bien del todo. Algo
parecía fuera de lugar. Me sentía como un extraño en aquella ceremonia. Una
sensación afloraba dentro de mí. Notaba que yo era distinto a las personas que
se encontraban en la iglesia, pero no lograba entender por qué. Decidí sentarme
y así llamar menos la atención —aunque realmente no estaba llamando la atención
de nadie—. Una vez sentado, todo siguió igual, hasta que comenzó a llamarme la
atención el total silencio —a pesar de las bajas oraciones que pronunciaban los
feligreses allí presentes— y falta de movimiento en aquella estampa que
empezaba a acrecentar mi inquietud. Todos permanecían en la misma posición en
la que los había visto desde fuera a través del orificio estrecho y alargado de
las paredes de la iglesia. Incluso el sacerdote, todo este tiempo, permaneció
de espaldas a nosotros sin hacer el menor gesto. Por fin parecía que alguien se
percataba de mi presencia. La persona que estaba rezando a mi lado, hizo ademan
de observar mis manos. Al ver que yo estaba rezando sin rosario, simplemente
manteniendo las palmas de mis manos juntas, mi desconocido compañero de banco,
agachó todavía más su encapuchada cabeza e introdujo su mano en un bolsillo de su
negro atuendo, del que extrajo otro rosario. Mi extraño compañero alargó el
brazo en un gesto que daba a entender que me estaba ofreciendo el segundo
rosario para que rezase con él. En ese momento pude observar su mano,
totalmente blanca como la leche. El tono tan mortecino de aquel miembro hizo
que, instintivamente, diese un leve respingo alejándome de él. Este hecho no
pasó desapercibido a mi extraño compañero y, alzando su rostro hacia mí, me
clavó su mirada. El rostro que me observaba de forma inquisitoria, me heló la
sangre, más que la visión de su mano. Su rostro era de un blanco tan pálido
como su extremidad, totalmente inexpresiva, carente de vida, sin ojos que
pudiesen ver, sin labios que pudiesen mostrar el más mínimo gesto, una cara que,
a pesar de estar delante de mí era como la pura nada, el puro vacío. La
inhumanidad de aquel rostro y su carencia de vida, hicieron que no pudiese
contener el grito que emití nada más descubrirlo, bajo la negra capucha que lo
ocultaba. Eso, sumado al hecho de que me caí al suelo desde el banco debido a
la impresión, lograron el efecto que no había conseguido hasta ahora, que todas
las extrañas figuras que se encontraban en la iglesia repararan en mi
presencia. Las plegarias en voz baja finalizaron, las cabezas encapuchadas se
irguieron y me observaron con el mismo rostro que me acababa de estremecer. Rostros
de distintas personas, pero igual de mortecinos, igual de inexpresivos,
carentes de vida. Ante esta abrupta interrupción de tan singular ceremonia, el
desconocido y delgado párroco que la oficiaba dando la espalda, pareció
reaccionar. Por primera vez desde que lo había visto, se movió, poniendo fin a
su estática pose, comenzando a darse la vuelta. De todos los presentes, la
figura del párroco era la más aterradora. Bajo su blanca capucha, lo único que
se podía ver era una blanca calavera totalmente descarnada, sin ojos, ni pelo,
ni el menor atisbo de carne que la cubra, sus orificios nasales y sus cuencas
oculares vacías eran clara prueba de lo que estaba contemplando. Las figuras
entonces, incluido el párroco esqueleto, comenzaron a acercárseme. Yo me
incorporé rápidamente e intenté alejarme de aquella muchedumbre, pero eran
demasiados y comenzaban a rodearme. No dejaban de ofrecerme estampitas, medallas
y rosarios, con gestos que me daban a entender que pretendían que los cogiera.
Sin dudarlo un solo momento, salí disparado en dirección a la puerta y abrí una
de sus hojas de un gran empujón. Salí fuera de la iglesia, echando a correr sin
mirar atrás, hasta que entré por la puerta de mi casa y la cerré con llave.

   Esa noche no había podido dormir, necesitaba
contarle a alguien lo que me había pasado, y si fuese posible que me ayudase a
entenderlo, mejor, pero ¿A quién podía contárselo y que no me creyese loco?
¿Quién podría ayudarme a entender la experiencia que había vivido y me
guardaría el secreto? Sin duda solo podía tratarse del cura de nuestro pueblo.
Esa misma mañana, a pesar de la aterradora experiencia vivida en la iglesia,
con la valentía que da la luz del sol y los vecinos caminando por la calle, fui
directo a hablar con el cura. Cuando llegué a la puerta de la iglesia, me tomé
un tiempo para observar bien el interior. Ya no quedaba ni rastro de todas las
velas que había visto por la noche ni de los curiosos candelabros. Entré, me
persigné como hacía siempre y me dirigí al confesionario, donde nuestro
verdadero párroco estaba confesando a algún vecino. Al llegar mi turno, le
conté bajo secreto de confesión lo que me había sucedido esa misma noche entre
aquellas mismas paredes y pude notar que el párroco se quedaba totalmente mudo
y asustado. Él insistía en que aquello era del todo imposible, pero debido a mi
insistencia, mi detallada exposición de lo sucedido y a que nunca le mentiría
en confesión, terminó por creerme. Las palabras que me dijo antes de finalizar la
confesión me pusieron los pelos de punta, y fueron las siguientes: « Hijo mío,
sin duda lo que has podido ver anoche fue una misa de difuntos, en donde los
propios difuntos rezan por sus almas si no tienen a ningún familiar que lo haga
por ellos. Según se dice, estas ceremonias tienen lugar en las iglesias por las
noches, cuando los vivos descansan, dado que bajo ningún concepto una persona
todavía viva puede asistir, y si aun así asiste y tiene la oportunidad de coger
cualquier cosa que le ofrezca uno de los difuntos que
allí rezan, esa persona fallecerá pronto y pasará a ocupar un lugar en tan
extraña ceremonia».

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