Por Enrique de la Cruz (@navegante_no)

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De
las múltiples y variadas formas en las que se puede medir el éxito, el dinero
es la más efectiva.  Esto, que parece un
aforismo maligno-neoliberal no lo es. El dinero es la forma más común de medir
lo que algo te importa, porque el dinero es algo que todos valoramos. Por
supuesto que unos lo valoran más que otros, pero para medir el éxito creo que
nos vale. En ese terreno, Reina Roja, de Juan Gómez-Jurado, novela que nos
ocupa, está triunfando.

Si
al gasto/inversión económica se le añade el gasto/inversión de tiempo para leer
las casi 600 páginas de la edición en tapa dura, nos queda un balance más que
positivo a favor de esta novela de Juan Gómez-Jurado, al que conocerán de otras
novelas como Cicatriz, o de podcast como Todopoderosos. Desde este mismo
podcast, por ejemplo, se hizo una extensa campaña de publicidad que se ha
completado por otros medios.

OJO,
A PARTIR DE AQUÍ PUEDEN DESVELARSE DATOS IMPORTANTES DE LA TRAMA. CONTINÚE BAJO
SU PROPIA RESPONSABILIDAD.

En
esta campaña se atacaron varios objetivos, lo primero que quisieron hacer el
autor y la maquinaria editorial fue envolver a la novela de un misterio, a
todas luces exagerado, pidiendo encarecidamente que nadie contara nada sobre la
trama, que los lectores llegásemos “vírgenes” a la novela. El truco se ha
demostrado resultón, pero no deja de ser una treta que queda al descubierto
cuando la lees porque la trama es bastante lineal y ni siquiera es muy
original.

El
siguiente paso era engordar un poco a los personajes, aquí le toca a Antonia
Scott, una cerebrito reclutada para un programa secreto que blablabla. Un
personaje que no reconoce la ironía (saludos a Sheldon Cooper) y a la que le
falta el sentido del olfato. Parece ser que eso es dotar de profundidad a un
personaje. Luego está Jon Gutiérrez, caído en desgracia por malas prácticas
policiales. Ambos empiezan su relación de mala manera pero terminan
congeniando. La otra pata de la mesa es el tal Mentor, que no es más que eso, el
jefe de la división secreta que instruyó a Scott con métodos extremos y que la
llevó al punto en el que se encuentra la heroína.

Entramos
en la trama y el ritmo. La primera no deja de ser una habitual historia de
secuestros, en este caso de hijos de grandes fortunas españolas. La hija,
aficionada a la equitación, de un empresario textil (a nadie se le escapa a
quién se refiere) y el hijo de una banquera que heredó el puesto de su padre
(un gran botín, ¿lo pillas?) No hay nada nuevo en la trama, la verdad. En
cuanto al ritmo, en mi opinión, resulta engañoso porque esos capítulos cortos
dan una falsa sensación de ritmo y la técnica de dejar en alto los capítulos
queda demasiado al descubierto.

Esa
estructura de capítulos cortos resulta muy cinematográfica, no me extrañaría
que hubiese adaptación a la gran pantalla. De hecho, creo que le ha quedado un
capítulo de Mentes Criminales de libro, si se me permite el juego de palabras.

Entonces…
¿qué tiene de bueno la novela? Pues creo que es entretenida, en términos
generales, no da más. Me temo que, por ejemplo, no he entrado en esos juegos
con las canciones de Sabina. También hay que reconocer que el precio del ebook
es muy bueno: 4,74€ una novedad editorial de este calibre es un precio muy
competitivo.

Ya
sabemos que la publicidad hace milagros y que Sprite solo quita la sed, pero
para saber si el éxito que está cosechando la obra es producto de la publicidad
o no, es necesario leerla, cosa que recomiendo pero también digo, aunque es
posible que cometa un error imperdonable, que me quedaré con las ganas de ver
todo lo que parece que se aprecia en una segunda o tercera lectura de la
novela, como sostiene Gorka Rojo en este artículo, publicado en Zenda, donde
también colabora Gómez-Jurado (¿más publicidad? No, por favor, no seamos
malpensados)


 SINOPSIS



Antonia Scott es especial. Muy especial.



No es policía ni criminalista. Nunca ha empuñado un arma ni llevado una placa, y, sin embargo, ha resuelto decenas de crímenes.



Pero hace un tiempo que Antonia no sale de su ático de Lavapiés. Las cosas que ha perdido le importan mucho más que las que esperan ahí fuera.



Tampoco recibe visitas. Por eso no le gusta nada, nada, cuando escucha unos pasos desconocidos subiendo las escaleras hasta el último piso.



Sea quien sea, Antonia está segura de que viene a buscarla.



Y eso le gusta aún menos.


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